Los mapas tienen magia

Desde siempre, es sabido que los mapas tienen magia. No se trata de una magia grande, como la de los árboles, ni ruidosa como la del viento y la tormenta. No es una magia oscura como la de la noche. Es una magia pequeña, pero que fluye y perdura y se expande, como la del agua. Es una magia humilde que cabe en un pedazo de papel.

El mapa me muestra el camino. Me muestra dónde estoy yo, y dónde están las demás cosas. El mapa me habla de lugares que quiero visitar, y me cuenta cómo llegaré a ellos. El mapa también me recuerda lo pequeño que soy, y lo mucho que me queda aún por descubrir. Por aprender. Por caminar.


Hay mapas pequeños que hablan de colinas, riachuelos, caminos de polvo y piedra, puentes para cruzar ríos y lugares donde buscar cobijo si la noche decide caer pronto. Hay mapas grandes que hablan de ciudades, que cuentan historias de reinos de hace siglos, de enemigos enfrentados. Hay mapas arrogantes que saben de países, de guerras, de tratados. Hay mapas ancianos que saben de montañas, ríos y mares. Hay mapas extranjeros que no entiendo. Hay mapas sinceros, y hay mapas con secretos.

Hay mapas de corrientes oceánicas. Hay mapas de rutas de vuelo. De cuevas y grutas, de caminos de peregrinos y senderos perdidos. Hay mapas tan viejos, que son tomados por mentirosos. Hay mapas equivocados -cuánto me alteran éstos-, a los que no consigo hacer cambiar de opinión. Hay mapas incompletos que ofrecen más preguntas que respuestas.

Pero todos ellos tienen un problema. No pueden decirte por dónde ir cuando no sabes lo que quieres. Así que cuando hay dos caminos en frente y el viento sopla fuerte, el caminante experto dobla el mapa con cuidado. Respira un momento. Mira los dos caminos, escucha y huele. Escoge uno. Y guarda el mapa en la mochila: sabe que algún día, tarde o temprano, va a volver a necesitarlo.

Siempre me han fascinado los mapas. Es porque son mágicos.

Escuchad bien lo que os digo, viajeros: tened siempre un mapa a mano.

Un saludo,
Adán.

Segismundo unchained: 2. Construcción de un personaje (o despertar a una bestia)

(Banda sonora, opcional, para este post: Asleep, The Smiths)


"Eres un puto animal psicópata". Tratar de despojarse de uno mismo, o de las cosas que le hacen a uno ser uno mismo, para encarnar a otra persona, es una de las cosas más bonitas que tiene el teatro. "¡Y te vuelves a caer, y te vuelves a levantar, y te vuelves a caer!". Es como ponerte un disfraz, pero como si el disfraz te lo pusieses desde dentro. "Y miras hacia arriba, y te preguntas, ¿por qué a mí?". Y, quieras que no, lo cierto es que aprendes mucho de ti mismo. Porque hay muchas cosas de ti, pequeños gestos, formas de moverse o estar parado, que no eres consciente de cuán específicos son a tu persona. "Eres un animal salvaje... ¿qué pasa si intento tocarte?" Hasta que tratas de ser otra persona, claro.


Segismundo, animal

Dados mis papeles anteriores, no es de extrañar que cuando expresé mi interés en ser Segismundo a Tere y Luis no les convenciera mucho la idea. "Nuestro Segismundo NO es refinado", me decían al hacer la audición. Así que, dándome cuenta de que el Segismundo que yo tenía en la cabeza no iba a valer, les pedí que me dijeran abiertamente qué es lo que buscaban, para ver si yo lo tenía. "Hazlo otra vez, pero con rabia. No muevas las manos. No te muevas. Hazlo sólo con la mirada, fija al frente".

El trabajo para construir a Segismundo comenzó de verdad a un nivel emocional y físico. Hubo muchos ensayos, pero ése, el primero, lo recuerdo muy bien. Estábamos en una sala de un college, que parecía usarse poco o nada. Unas escaleras con barandilla de madera daban paso a una especie de balconcillo-piso superior, que estaba lleno de trastos polvorientos. Abajo, sólo había alguna que otra silla y sofás viejos. De sobra: en realidad, sólo necesitábamos el suelo.

Es importante señalar que, al construir un personaje, hay que dotarlo de varios registros, de lo contrario el resultado será un personaje plano o, en el mejor de los casos, aburrido. Para Segismundo, comenzamos con la fiera. El animal enjaulado. Una emoción básica: rabia. El trabajo primero que hicimos fue ensayar movimientos por el suelo, los mismos que utilizaría en prisión y en palacio para gatear de un lado a otro. Ensayamos gruñidos, gritos y, sobre todo... ensayamos caídas. El continuo subir y caer, subir y caer, y subir, y caer, despertó un matiz a esa rabia salvaje: frustración. Un sentimiento de rabia maltratada, en este caso surgiendo de forma física y real. Nota: los golpes contra el suelo duelen; no eran fingidos. Al poco, este matiz despertó una segunda emoción básica. "Piensa que toda tu vida la has pasado en esta celda, nunca has visto a tu madre, nunca te han tratado con cariño, y piensa ¿por qué me tiene que pasar esto a mí?". Tristeza. "Vuelves a levantarte y vuelves a caerte".

Recuerdo que ese primer día también incluimos un elemento adicional, algo que Segismundo no conocía y veía por primera vez: Rosaura. Fue el primer atisbo de un Segismundo tierno, desconcertado. Pero para llegar a eso, haría falta más.


Segismundo, loco

"Nace el ave, y con las galas que le dan belleza suma, apenas es flor de pluma o ramillete con alas, cuando las etéreas salas corta con velocidad, negándose a la piedad del nido que deja en calma; ¿y teniendo yo más alma, tengo menos libertad?".

Un problema importante a la hora de utilizar el texto es que, Segismundo, por mucha fiera que sea, dice cosas muy racionales. Era un problema que nos afectaba especialmente porque en nuestra interpretación queríamos llevar la faceta animal, salvaje y desquiciada de Segismundo al extremo. Y claro, había que encontrar la forma de hacerlo sin romper consistencia con el texto (esto para mí es muy importante).

Además, había que encontrar la forma de que Segismundo no estuviese siempre ahí arriba, dominado enteramente por la rabia, ira, fuego y destrucción. Había que encontrar al "Segismundo tranquilo".

La solución fue buscar un Segismundo reflexivo al que, y con esta misma expresión me refería yo internamente a este registro cada vez que lo tenía que utilizar, se le iba la pinza. La voz mucho más calmada, mirada perdida, hacia el público o el infinito, a menudo gestos con las manos intentando alcanzar algo invisible para el resto. Ya era una pista de uno de los temas de la obra, la percepción de la realidad.

Otro aspecto que tratamos de trabajar para mostrar un Segismundo más variado, y reforzando la faceta esquizofrénica del príncipe de Polonia, fueron las explosiones. Cambios muy repentinos de suave a fuerte, y viceversa. En este sentido, confieso haber hallado inspiración el personaje de Gollum, en concreto en una escena en Las Dos Torres en la que dialoga con sí mismo ("¡Vete, y no vuelvas más!"). Y esto fue base más adelante del Segismundo debatiéndose entre matar a Clotaldo o perdonarlo, o entre tomar a Rosaura o defender su honra.


Segismundo, rey


"Es verdad, pues reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición, por si alguna vez soñamos."

Conforme avanzan las escenas, Segismundo evoluciona. Intenta dominar su parte de fiera, y recuperar su parte de hombre, con la esperanza de vencer al hado que tan negro destino le pronosticó en su nacimiento. Así, una nueva faceta va surgiendo y se hace visible en algunas escenas de la obra: Segismundo muestra el deseo de hacer el bien.

Para transmitir lo que realmente pasa dentro de Segismundo en estas escenas, no valía con usar al Segismundo loco sin más. Me hubiera parecido que se perdería todo el arco del personaje de hacerlo así. Pero tampoco tenía sentido hacer un Segismundo cuerdo, entero y presentable. En esta interpretación, no había cabida para una evolución tan radical. Y la respuesta, la encontré en una idea: la derrota.

"Cielos, si es verdad que sueño, suspendedme la memoria, que no es posible que quepan en un sueño tantas cosas"

Para mí, cuando Segismundo prueba la dulzura del poder para ser devuelto a su celda por mostrarse cruel en palacio, experimenta una dolorosa sensación de fracaso, de derrota, de no poder más... que no tiene ya tanto que ver con la rabia como con la tristeza (¿Alguna vez has tenido un sueño tan dulce, que al despertar quieres llorar porque no era verdad?).

Y después de representar la obra varias veces, día tras día, al final fueron estos momentos los que más disfrutaba. Las explosiones de rabia, si bien intentaba hacerlas con la misma intensidad cada noche, habían ido perdiendo significado. Los momentos de locura, nunca los viví con tanta intensidad. Pero los momentos de derrota... ahí sí que me sentía Segismundo, con el alma al desnudo, puesta delante del público. Ahí sí que, como actor, estaba diciendo "¡esto, esto es lo que soy...!".

Interludio: Stanislavski vs Alba

Flashback. Estoy en Oviedo, terminando la carrera, y asistiendo a clases de teatro con el grupo de la Universidad. El cursillo es sobre inteligencia emocional en el teatro. Mi trabajo final es una comparativa de dos métodos de actuación: Stanislavski y Alba Emoting. El de Stanislavski promueve técnicas como la memoria emotiva: recordar una experiencia personal en la que se experimentó una emoción para traerla al presente al actuar, reviviendo dicha emoción. El de Alba (creado por Susana Bloch), utiliza patrones fisiológicos, como la respiración, postura o expresión facial, para hacer surgir emociones específicas sin necesidad de acudir a un estímulo que las provoque (os sorprendería hasta qué punto funciona).

Cuando hago algún ejercicio de actuación, tiendo a hacer algo en las líneas de lo segundo. Menos involucración emocional. Hay muchas historias de actores que se meten tanto en el personaje que acaban con problemas, y para un actor profesional, no es lo recomendable. Pero, qué queréis que os diga, yo no soy un actor profesional.


Momentos

Durante La Vida es Sueño, cada vez que me arrodillaba tras las barras de mi celda esperando a que se encendieran las luces, comenzaba la conjura por dentro. Estás solo. La respiración acelerada. Nunca saldrás de esta celda. Los puños apretados. La mandíbula apretada. Nunca encontrarás a nadie. La cabeza gacha, el pulso batiendo fuerte. Eres un puto monstruo y nadie te quiere. Y por fin, la explosión. "¡Ay mísero de mí!". Enseñando por fin la cara... "¡Y ay, infelice!". Aún puedo sentir las luces del teatro sobre mí al escribir estas líneas.

"Sólo a una mujer amaba. Que fue verdad, creo yo, en que todo se acabó, y esto solo no se acaba."

Cada vez que levantaba el brazo a través de los barrotes, y extendía la mano recordando el sueño de palacio, intentando agarrar algo que se me escapaba... no os mentiré: al hacer el gesto de acariciar un rostro invisible con la mano, inclinando la cabeza y mirando a través del aire, estaba viendo una cara. Cada noche, todas las noches.


Puede que no fuese lo correcto, puede que no fuese lo profesional. Pero esos momentos son los que más me quedan. Esos momentos son en los que, de verdad, fui Segismundo, dejando a Antón atrás. O quizá fui más Antón que la mayor parte del tiempo que paso fuera del escenario, y quizá por eso me gustaba ser Segismundo. Quizá por eso me gusta actuar. En esos momentos, en esos momentos estaba gritando:

"¡Esto, esto es lo que soy...!"

Un saludo,
Adán.

London Farewell

No es una decisión que se tome en un momento. Al principio, es sólo una idea. Pequeñita. La comentas casi en broma, pero en realidad sabes que es más en serio de lo que quieres hacer creer. Sólo estás dándole forma. Poco a poco la idea va creciendo. No es una decisión que se tome en un día, ni en una semana. Vas dándole vueltas.

El problema es que, una vez tomada la decisión, ni si quiera tú te la crees del todo. No hasta que le pones fecha, el punto de no retorno.


5 de Julio de 2013, medianoche. El punto de no retorno.

Los cacharros de la cena se apilan junto al fregadero, los platos sobre la mesa, y un par de piedras de hielo y una rodaja de limón se aferran a los restos de refresco que quedan en el vaso al que doy vueltas, escuchando el tintineo contra el cristal. Miro la pantalla del ordenador. No tiene sentido seguir buscando fechas, ya la he escogido. No tiene sentido mirar otras rutas u horarios, sé que ésta es la más barata. Hago clic. Un clic. Por primera vez en mucho tiempo, compro un billete… sólo ida.



12 de Julio de 2013, 2:57pm. Despedida en el British.


Llego a la entrada del British Museum un poco a la carrera. He pasado estos días despidiéndome de gente. Pero esta tarde está reservada para otro fin: despedirme de la ciudad. Llego un par de minutos tarde al evento “The Way of Tea”, una demostración de la ceremonia del té japonesa. Llevo más de un año queriendo asistir, y siempre me lo he perdido. A la hora de la verdad, se me hace corto, y desde mi lugar en la fila de atrás no aprendo mucho. Pero hay un sentimiento de gratificación por no haber dejado ese cabo suelto. De alguna forma, ya puedo marcharme más tranquilo.

Doy un paseo corto por el museo. De nuevo el Partenón de Atenas, que siempre me recuerda mi primera visita a Londres, la misma sala donde Dani me explicaba las centauromaquias. En la exposición de relojes, por fin entiendo cómo funciona un reloj de pesas o de cuerda. Y tras deambular un poco más, dejo las puertas del museo a mi espalda.

En vez de dirigirme a la estación más cercana, me decido a pasear un poco más por el centro, alentado por el buen tiempo de verano y lo azul del cielo (si uno vive en Londres, uno aprende a valorar estas cosas mucho, muchísimo). Por la mañana había estado en Soho y Covent Garden. Ahora, paso por Chancery Lane y Holborn, recorrido que hice por primera vez a pie con María, aquél día que decidimos no coger el metro para ir a St Paul, y sigo andando hasta City Thames Link. No ha sido algo planeado, aunque cuando sucede, sé que de algún modo no podría haber pasado de otra manera. Londres se merecía un último paseo que fuera completamente innecesario.


15 de Julio de 2013, 7:20am. Tres años en cajas.

La sensación de un cuarto vacío es sorprendentemente polisémica. Al llegar, es una promesa. Es un lugar sin historia ni recuerdos, es un lienzo en blanco donde empezar a pintar. Cada mueble, cada libro, cada adorno en la pared, poco a poco van configurando algo tuyo. Pero el proceso inverso es mucho más costoso, porque al ir desnudando las paredes y los muebles es como si te arrancases cachitos de ti mismo, de tu historia en ese lugar. Y los vas guardando.

Es la última. La última caja. La última de 16. Todas embaladas, con mi dirección escrita bien grande. Intento olvidarme de esa sensación de que se me olvida algo, ya estoy acostumbrado a ella cada vez que cierro una maleta. Cuando el camión se las lleva, la casa me parece mucho más vacía. De alguna forma, aunque me quede una noche, ya ha dejado de ser mi casa.

Lo cual me recuerda mucho a la cámara CLL11


16 de Julio de 2013, 11.30am. Sólo ida.


Por alguna razón, los aeropuertos me gustan. No sé. Me dan una cierta sensación de calma. Quizá sea el presenciar una máquina tan sumamente compleja funcionando con tanto orden. Hormiguitas que entran, hormiguitas que salen. Deposite aquí su equipaje. Rayos equis, escáneres. Su puerta es la 19, controle su equipaje de mano. Sí que hay cierta cantidad de estrés asociada al viaje, pero para mí la peor parte es hasta llegar al aeropuerto. Y, si he dormido medianamente bien (lo cual es raro) y tengo un libro a mano (lo cual no lo es), esta parte no es tan dura. Es curioso, por cierto, cómo libros concretos pueden dar matices especiales a los momentos que vivimos (en este caso, era American Gods de Neil Gaiman).

Cuando el avión despegó, no sé si se notó, pero creo que se me quiso escapar el amago de una sonrisa en los labios. Me iba a casa.



24 días después. 9 de Agosto de 2013, 8.45pm


-¿Te has hecho ya a la idea?
-No. Ni creo que me lo haga. Seguramente, no hasta pasar varias semanas en España. Y darme cuenta de que ya está, no tengo fecha de vuelta. De que ya no estoy en Londres. De que cerré el capítulo.

Es una sensación curiosa. La gente me pregunta que qué hago aquí. Si estoy trabajando. No lo entienden. No entienden que no dejé Londres porque tuviera algo esperando. Dejé Londres porque tocaba terminarlo. Y, la verdad, estoy tranquilo. Creo que duró el tiempo justo. He vivido en dos casas, en Brick Lane y en Brixton. He buscado trabajo, he hecho entrevistas, he tenido mi primer trabajo y lo he perdido, y lo he recuperado por un tiempo y al final se ha terminado. He conocido a mucha gente que hacía cosas muy distintas. He visto cosas que yo no creería, recorrido muchos sitios, algunos hasta hacerlos familiares, y aprendido muchísimo.

-¿Vienes para quedarte?
-De momento.
-¿Qué tienes pensado hacer?
-… (pausa larga). Muchas cosas. (sonrisa). Demasiadas. Pero veremos por dónde empezamos.

Al fin y al cabo… ya lo he hecho una vez.


Un saludo,
Adán.

Mr Nobody, a letter to a stranger

Esta es una historia real. Está en inglés por respetar el idioma original.
Nada más.


Just to let you know, I've just seen Mr Nobody. I had to talk about it. To someone. I don't know, you might not be the right person to talk to. But right now... well, my ideas of what "right person" actually means are all mixed up.

You need to understand something about me. I have a very strong feeling of destiny. I don't mean I believe it exists. I mean I want to believe it does so hard that sometimes it hurts. I also have a terrible fear for decision-making. Life choices scare me to death, thinking of all what I am leaving behind by choosing any one path. I would like to live every life possible for me. But I can't.

Having said that, what this film has made to me... well, right now, I can't understand. What I think I mean is, that most of my life I have spent hoping to be in that right path. The path that leads to her. The right person. But Mr Nobody says, all paths are right. What do I make of that?

If every path is right, does it really matter that I try so hard? Being here, for instance, looking through people faces, hoping to see the one. Does it make sense? Writing to you right now.

And if I do meet that person, when I see her face... will I know? And more importantly: will she?

But I don't know you, and you don't know me. You are just a stranger. One of the many stranges I could have chosen to write to. But I choose you to tell you this, only to you. I don't know if it makes sense. But I just think now that it maybe doesn't make sense working so hard to choose the right path, because perhaps the architect knows. And I am, was, will be, the architect. So I will choose right. Maybe it's time to live.

Thanks.


Un saludo,
Adán.

Foxes in the backyard

En Inglaterra, no es del todo extraño encontrarse de vez en cuando con estas bellísimas criaturas. Y, en contraste con lo habitual en España, donde uno sólo espera avistarlos en el monte o el campo, aquí es relativamente fácil verlos en áreas urbanas.

En mi estancia en Oxford recuerdo cruzarme con zorros alguna que otra noche de la que salía de entrenar del club de karate, que estaba en una zona con bastante campo abierto. Lo que no es tan habitual, queridos lectores, es encontrarse zorros a plena luz del día. Y en tu casa.


Pues bien, desde hace unos días para acá, resulta que cierta pareja de zorros ha cogido gusto al jardín de detrás de nuestra casa. De hecho, han tomado posesión de varios de los jardines de la zona, y a menudo se les puede ver desarrollando sus actividades diarias, generalmente consistentes en pasearse, dormir o jugar.

Ustedes pensarán lo que quieran. Yo pienso que nos traen suerte.


El zorro rojo, Vulpes Vulpes o Canis Vulpus, es la especie más común de zorro, y además un tipo de cánido. Es omnívoro, y a diferencia de la mayoría de los perros tiene las pupilas verticales (cual gato) y las garras retráctiles (cual gato de nuevo).

Suele asociársele como característica representativa la inteligencia, a menudo con ánimo de engaño y manipulación. En la mitología celta se habla de brujas que pueden transmutarse en zorro. En China, de los huli jing: espíritus con cuerpo de zorro con nueve colas (¿a alguien le suena de algo?), similares a los kitsune japoneses que toman forma de zorro a voluntad. Y en los cuentos tradicionales europeos no es raro encontrarse con zorros astutos y taimados.

Aunque, por suerte, no todos los zorros son así.


Y tras tanta investigación teórica (que puede haber conllevado mirar uno o más artículos en wikipedia), recopilar este informe de campo y poner junta toda esta información, un servidor no tiene otro remedio que preguntarse... ¿tendrá esta inesperada invasión zorruna, o zórrica si lo prefieren, algo que ver con los gatitos espía?

Les deja con esa pregunta y se despide hasta otro viaje, su leal servidor. Espero que puedan dormir tranquilos, yo seguro que no.

Un saludo,
Adán.

Segismundo unchained: 1. El sueño

Terminó muy rápido. Como siempre en estos casos, más rápido de lo que empezó. Habían sido muchos meses de ensayos, muchos trenes desde Paddington. Muchos viajes en metro recitando líneas por dentro, muchas horas de imaginar el momento. Y, cuando llegó, como siempre en estos casos, pasó en un suspiro. Miré el teatro vacío, pestañeé, y los focos ya se habían apagado.



Ser Segismundo durante unos días de mi vida acarreó muchas cosas. En primer lugar, una gran cantidad de tiempo y dedicación. Durante meses, llevé un ritmo insoportable de trabajar de lunes a viernes y viajar a Oxford los fines de semana para los ensayos. Las semanas anteriores al estreno, me mudé a efectos prácticos a Oxford, y estuve viviendo literalmente de forma exclusiva para la obra de teatro. Ensayar, construir decorado, ayudar con los trajes, ensayar más, preocuparme, preocuparme de nuevo, discutir en mi cabeza, volver a convencerme de que valía la pena.

También ha supuesto un reto muy importante, uno al que tenía muchas ganas de enfrentarme. En mis pasados papeles con The Oxford Spanish Play, tanto Laurencio en La Dama Boba como Sigerico en Un Marido de Ida y Vuelta, había puesto cara a personajes carismáticos, refinados, atractivos, caracterizados por una sonrisa encantadora. Laurencio era el arquetipo de galán diecisietesco, inteligente, un tanto oportunista, conquistador. Sigerico tenía la cabeza llena de pájaros, con sus ansias de ser artista que cambiaban cada día de la semana, pero lo remediaba con una inocencia llena de ternura. Ahora bien, Segismundo, y más este Segismundo, es todo lo opuesto a un galán. Es una fiera humana, una bestia enjaulada de por vida a la que la privación de libertad no ha sentado muy bien. Segismundo está un tanto desquiciado y no conoce refreno a sus pasiones e instintos salvajes. Segismundo fue, por tanto, todo un reto. Pero más al respecto en la segunda parte de esta serie de posts.


Un tercer elemento que ha supuesto la obra, y uno maravillosamente recibido por mí en este punto de mi vida, ha sido la interacción con el grupo de teatro. El “cast & crew” de la compañía es un buen ejemplo de la sociedad universitaria de Oxford. Diverso, internacional, activo, inteligente, inquieto, dispuesto. Muchas cosas que echo de menos en Londres las encontré en el grupo, a través de la convivencia diaria, del disfrute de los éxitos y de las lamentaciones y desesperaciones, de los nervios, de las bromas, del día a día. Adicionalmente, dada la naturaleza de nuestra empresa, en el grupo de teatro se da una dinámica un tanto especial: la intensidad de la convivencia crece de forma exponencial conforme se acerca el estreno, aguanta al máximo durante los días de representación, y después se relaja de forma abrupta. No es que las amistades y relaciones desaparezcan, pero una vez terminada la obra todo el mundo necesita un descanso, y obviamente el nivel de interacción disminuye muchísimo al no tener ya que actuar a diario. Este tipo de relación grupal origina un ambiente de familia, similar en cierta forma al que yo experimenté en los campamentos de MarCha, que resulta gratificantemente nutritivo. Las charlas a altas horas de la noche sobre escenas que no convencen, la preocupación por aprender –y no olvidar- el texto, la ilusión por salir en la tele, los nervios entre bambalinas justo antes de una función, las bromas en los camerinos, las pintas en el pub junto al teatro después de representar… Aunque agradezco el descanso, ya lo estoy echando de menos. Ya les estoy echando de menos.

Un cuarto elemento tiene que ver con lo esta aventura ha supuesto en relación a mis inclinaciones dramático-interpretativas (cuando tengan dos sinónimos y no sepan cuál escoger, usen los dos separados por un guión; queda super culto). Pero de eso también hablaremos más adelante.

Después de muchos meses, campañas de marketing con mi cara y/o cuerpo semidesnudo expuesto por Oxford, 6 representaciones, 1372 entradas vendidas, numerosas críticas* y aparecer en el telediario de TVE**, el sueño ha terminado. Y a pesar de todas las dudas, decisiones que me ha costado aceptar, cosas que habría hecho de forma diferente, quejas y lloriqueos, si me pregunto a día de hoy si ha merecido la pena, la respuesta es sí.


“-¿Es ya de despertar hora?
-Sí. Hora es ya de despertar.”

Un saludo,
Adán.


* Críticas en los medios:


"There is much passion from the main character Segismundo, who succeeds in bringing out the scarily animalistic side of himself terribly convincingly."
Samuel Graydon, Cherwell

"The acting is powerful, passionate and forceful, the whole experience reminding me very much of opera – where I can’t understand a word being said but am very much moved all the same."
Debby Taylor, Theatreworld Internet Magazine

"Antón Morant portrays a larger-than-life Segismundo, the hunched and bestial prince of Poland."
★★★★
Matthew Davies, Oxford Theatre Review

"The passions evoked by Ekaterina Spivakovsky Gonzalez’ spurned Rosaura, or Antón Morant’s tormented Segismundo are, for the most part, relayed convincingly and movingly, with Gonzalez also making child’s play of the occasional switches to far more flippant moods for her character, which might well have seemed rather incongruous in the hands of a lesser actor."
★★★★
Catherine Coffey, Oxford Theatre Review

"Antón Morant as Segismundo is a strong lead and he certainly looks the epitome of a Goya nobleman. He presents the transformation from savage into civilized prince with suitable applomb."
Julia Gasper, Oxford Prospect

“The action is set against an unforgiving backdrop of serrated edges and red lighting, an effective complement to the darkness and torment of Segismundo’s character, passionately conveyed by Antón Morant.”
Laura Stacey, Cherwell

"There is a beauty in the sound of words independent of their meaning. [...] The rolling cadences of the poetry proved spellbinding in this production by Oxford Spanish Play."
★★★★
Chris Gray, Oxford Times

"For me, Antón Morant particularly stood out as the tormented Segismundo, capturing his conflict between anger at his maltreatment and his desire to be a just ruler."
Ianthe Greenwood, Oriel College's TPP


** Aparición en el telediario de TVE, 29 de abril 2013, minuto 44:25:

Y en 2013, seremos un poco más viejos

Cuando era más joven, y me debatía en lucha con la tragedia diaria de ser un adolescente, llegué a la conclusión de que mi vida trazaba círculos. Bueno, o al menos un aspecto en particular de mi vida. Y eran ciclos muy marcados, siempre el mismo patrón, pasando por las mismas etapas de génesis y catarsis. Poco a poco, los círculos variaban, era como trazar una espiral tridimensional en la que en cada punto la dirección cambia mínimamente, desviándose de forma aleatoria del itinerario previo, pero siempre manteniendo la misma forma general.

Identifiqué que este proceso cíclico no me convenía. Siempre empezaba igual, lleno de ilusiones autoinfundadas, descubría el error, y terminaba volviendo al punto de origen. ¿Cómo romper el círculo? Bueno, es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente y un título en todología hiperbólica que para salir del ciclo basta con hacer algo tan simple como cambiar cualquier parámetro. Pero oh, la adaptabilidad cósmica al cambio. Mi patrón pervivía.


Ayer me di cuenta de que ya no sigo caminando en círculos. Ah, pero no me preguntéis... mucho me temo que no sé cómo salí. Imagino que aquí muchos lectores habrán caído presa del desencanto y duden de la utilidad de leer el resto del post si no voy a revelar la solución al problema propuesto. Queridos lectores, si yo supiera solucionar sus vidas, comenzaría por la mía. Y queridos lectores... el verdadero problema que trataré hoy, aún no ha sido propuesto.

Ayer me di cuenta de que ya no sigo un patrón cíclico. Ayer me di cuenta de que estoy parado. Atascado. Y ahora, según escribo estas líneas, me pregunto si la forma de salir del círculo no habrá sido, simplemente, dejar de andar. Y me pregunto si eso puede considerarse realmente como salir. ¿Aún estoy dentro, pero hibernando?

Ah... pero estoy saltando a la conclusión, sin haber si quiera explicado a qué me refiero cuando hablo de atasco. Y ahora es cuando, queridos lectores, comprenderán por qué he escrito un post por Año Nuevo, con un título que hace pensar que será un post de revisión del año. También me salté el post de cumpleaños (pido perdón a los afectados), de ahí la referencia a la edad.

¿Por qué temo que pueda estar atascado? Bueno, para eso hay que remontarse al principio del año. Yo había terminado el máster, y me había mudado a la ciudad de Londres donde llevaba un par de meses en mi primer trabajo. Estoy en un punto de mi vida en el que lo que hago suena genial, trabajo de lo mío, vivo en el extranjero, en fin, estoy donde se supone que debo estar. ¿En serio? Estoy en un punto de mi vida en el que estoy volcado en mi desarrollo profesional, digamos. Pero me da la impresión de que otros aspectos han quedado descuidados.

No soy la persona que quiero ser. Y apenas trabajo en serlo. Todas las promesas que me hice a mí mismo y que empezaban por "cuando termine de estudiar y de verdad sea libre...", no las he cumplido. Me prometí a mí mismo ser el dueño de mi vida. Y no lo soy.

Vivo en una ciudad muy grande. Vivo en una ciudad que en realidad me gusta. Pero es muy fría, muy oscura, y los inviernos son muy duros. Muy duros. Y echo de menos España, y echo de menos Oviedo. He encontrado buena gente allí. Pero no es lo mismo. Y no tengo la misma facilidad. Debería buscar el sol. Debería empezar todos los proyectos que se me ocurren, porque son geniales, o para descubrir que no lo eran.

Y sí, nos hacemos viejos. No me preocupa avanzar despacio, me pregunta no avanzar. Y si no avanzo, probablemente sea porque no tengo rumbo ni dirección. ¿Cómo llegar cuando no sé a dónde?

Quizá estoy siendo muy duro conmigo mismo. Quizá sea uno de esos días. Al fin y al cabo, el plan era mudarme a Londres para trabajar y aprender, y eso lo he hecho. También he encontrado tiempo para teatro, y sigo con ello de cara al año que viene porque ya estamos preparando la próxima obra. Incluso entrené karate durante un tiempo, aunque corto. Pero aún queda esa sensación de incompletud.


Y sí, llega el 2013. Y no sé si hacerme propuestas, porque eso últimamente ha demostrado ser bastante falible. No hace mucho, despedimos al soldado 24. Ahora que lo pienso, se me escapa media sonrisa. Este soldado lleva unas cuantas medallas, de eso no hay duda.

En fin, ¿por qué escribir un post como este? Quizá porque ayer he descubierto unas cuantas cosas. Quizá por una fan. Quizá porque merece la pena recordar lo que he hecho, y sentirme un poco más orgulloso. Quizá, queridos lectores, quizá simplemente porque Adán lleva demasiado tiempo dormido...

Un saludo y un feliz 2013,
Adán.

Dancing for the train

Si alguna vez, querido lector, se encuentra en la situación de vivir en una gran ciudad como Londres, como yo me encontraba el pasado miércoles 24 de Octubre, es posible que le suceda que el conmutar de casa al trabajo se convierte una parte importante de su rutina diaria. No importante por contribuir significativamente al resultado del día, pero sí en cuanto a la cantidad de tiempo invertida en viajar. Si alguna vez se encuentra, además, en la situación de tener una mente analítica, como me sucede a mí, es posible que a menudo se dedique a la consideración de su papel en esta rutina.

Metros, trenes, buses... convierten a las personas en entes sin rostro, todas iguales. Un sentido o el otro, suben o bajan... no importa. Los llaman medios de transporte colectivo. Es un nombre bonito. A mí me parece transporte en masa. Parece que colectivo suena mejor. Colectivo evoca una experiencia compartida, mientras que en masa despersonifica la mercancía humana que es transportada. Ganas una hora, pierdes una hora.


Pero el miércoles 24 de Octubre no. El miércoles 24 de octubre sucedió algo, hubo un cambio. Las leyes de la rutina se alteraron, probablemente enfureciendo a algún que otro agente místico del aburrimiento, si es que existen tales cosas como agentes místicos del aburrimiento. Existan o no, el caso es que sí, algo sucedió: un ente sin cara, de repente y contra todo pronóstico, tuvo rostro. Y, ¿quién fue el detonador de esta circunstancia?, se estará sin duda preguntando el lector, si se encuentra en la situación de tener una mente altamente responsiva a la curiosidad, como me encuentro yo y se encuentran la mayoría de las personas. Pues bien, si estan pensando que el causante del incidente fui yo, siento decir que no fue así. La gloria le corresponde a una niña de 12 años llamada Helene.

Llegados a este punto, me gustaría hacer una pausa y aclarar que en realidad no conozco la edad exacta de Helene, pero 12 me parece una estimación bastante apropiada. También me gustaría aclarar que no conozco el nombre exacto de Helene, y probablemente en este caso Helene no sea una estimación tan apropiada como lo serían Lucy o Claire. La primera razón para escoger Helene es que me pareció que Helene necesitaría un nombre. La segunda, es en honor a otra niña de 12 años que conocí en el pasado, que sí tenía exactamente 12 años y que sí se llamaba exactamente Helene, y que vino a mi memoria cuando traté de estimar la edad de la recién bautizada Helene. Dicho esto, volvamos al 24 de Octubre para proseguir con la historia.

Al principio, no supe bien lo que estaba pasando. Pensé que Helene simplemente estaba jugando, saltando de aquí para allá. Pensé que se miraba los pies porque estaría estrenando unos zapatos nuevos que le agradaban especialmente. A ratos, detenía el juego para sonreir a su madre, que devolvía la sonrisa. Pero, de pronto, pasaron dos cosas, tan seguidas que no puedo recordar en qué orden sucedieron, o si ocurrieron a la vez.

En primer lugar, sus movimientos me resultaron tremendamente familiares, y tuve un flash-back en mi cabeza en el que recordé la escena de Billy Elliot donde baila por primera vez delante de su padre, con los brazos muy rectos y la espalda bien derecha, levantando mucho las rodillas.

La segunda cosa que ocurrio, aunque insisto en que quizá fuese la primera, es que había algo extraño en la forma de moverse de Helene. Saltaba de aquí para allá, ahora a la izquierda, ahora al frente, y luego giraba y giraba... pero sus movimientos no eran completamente aleatorios. Y además, hacía pausas al cambiar, hacía pausas durante las cuales se notaba que trataba de hacer memoria. Hacía memoria para recordar... estaba tratando de recordar algo, ¡trataba de recordar un patrón! Sus movimientos, seguían un patrón, y de repente se hizo evidente que el juego era un baile, ¡estaba danzando!


Los pies de Helene se movían de aquí para allá, ganando seguridad y perdiendo vergüenza, bajo la atenta mirada de su madre. De pronto, sus manos se alzaron y empezaron a moverse también. No sabría identificar qué clase de baile estaba presenciando. Los golpes de talón y puntera en el suelo me hicieron pensar en claqué, y los gestos de las manos me recordaron a las jazz hands. El lector comprenderá que, durante un instante, me sentí apenado por no tener suficientes conocimientos de danza para reconocer lo que estaba viendo. Pero también comprenderá que un instante era todo el tiempo que podía estar apenado mientras tan inesperado espectáculo se desplegaba ante mí.

Así que Helene siguió bailando y bailando, parando cada poco para recordar el siguiente paso, buscando la mirada aprobadora de su madre, y también espiando las reacciones del público que, en aquella mañana del 24 de Octubre de Londres, contra todo pronóstico, había sido arrancado de su rutina durante la espera al tren.

Y entre ellos me encontraba yo, con un libro a medio cerrar olvidado entre las manos, y completamente incapaz de ocultar mi conmoción. Estaba completamente paralizado, con los ojos fijos en cada paso de Helene y media sonrisa pintada en mi cara. La sonrisa del que sabe que está siendo espectador de un suceso único, algo exquisitamente irrepetible.


Mientras me disponía en mi interior a guardar mi libro en un bolsillo para disponer de mis dos manos y componerlas en un ferviente aplauso, el tren llegó a la estación y Helene y su madre se subieron a él. Y así, el hechizo terminó.

Así que si alguna vez, querido lector, se diera el caso de que se encuentre en la situación que yo me encontré el miércoles 24 de octubre, mantenga los ojos bien abiertos y atesore cada instante. Londres es una ciudad inmensa, llena de entes sin rostro. No puede uno despistarse, porque podría estar perdiendo la oportunidad de ver bailar a Helene. Aquél día su ilusión por bailar me acompañó el resto de la mañana, y vuelve a despertarme media sonrisa de idiota cada vez que la recuerdo. Me gusta pensar que Helene sigue por ahí, bailando en otras estaciones mientras espera al tren, y despertando a otros entes sin rostro.

Un saludo,
Adán.


Leyenda de las fotografías:
  1. Loughborough Junction alrededor de los años 1950 (fuente).
  2. Fotograma de Billy Elliot
  3. Loughborough Junction en la actualidad.

Belleza

Buscamos la belleza. A cada momento, en cada detalle. Un impulso, un destello, algo que nos saque del ensimismamiento predominante en nuestros días. Un punto blanco sobre el negro omnipresente, un corte rojo que rasgue el gris que abraza la rutina, un rayo de sol entre las nubes.

Buscamos la belleza porque hace que nos sintamos en conexión con algo externo a nuestra propia persona. Buscamos algo que despierte nuestra sensibilidad, que nos haga pararnos en contemplación y por un momento no exista nada más.


"A veces hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto, y que mi corazón se está derrumbando"


Hay bellezas pequeñitas, que nos arrancan una sonrisa sin más. Podemos olvidar las prisas y pararnos un instante. Son bellezas discretas, modestas, que acostumbran a pasar desapercibidas. Se esconden entre el día a día, esperando que una mente despierta las vea. Una hoja que cae de un árbol. Un niño que tropieza. Grafiti en una pared. Buscar monedas en un mercadillo. Me dedico a collecionar las de este tipo, sabiendo que son la sal de mi día a día.

Hay bellezas enormes, gargantuescas, cosmológicas. Hay bellezas que te quitan el aliento, que te sacuden en la cara de frente y ya no sabes en qué estabas pensando. Hay bellezas que nos paran el corazón, y hace falta acordarse de hacerlo latir de nuevo. Una buena historia, una película delicada, una obra de teatro. Un país nuevo, un amanecer en la naturaleza, un bosque sacudido al viento. Hay bellezas atronadoras, que lo rompen todo a su paso, y hay bellezas silenciosas que se extienden sobre mí hasta abarcarlo todo, y exigen respetuoso silencio ante su majestuoso avance.


"¿Somos humanos porque miramos a las estrellas, o miramos a las estrellas porque somos humanos?"


Hay algo inherente en el ser humano que nos dirige hacia la belleza. Maslow establecía en su pirámide una serie de necesidades básicas que el hombre cubre de forma ordenada, para ascender a necesidades de índole más cercana a lo espiritual. Platón, en su fase estética, situaba la belleza como la idea suprema. Buscamos belleza porque somos humanos. La belleza de la gloria, la fama en el mundo, que puede perdurar tras nuestra marcha. La belleza del orden y la disciplina de lo racional. La belleza de la ciencia, de una explicación sencilla a una pregunta profunda. La belleza de las artes, que no son sino la búsqueda de la belleza.

La belleza sigue mil cánones, la belleza puede ser un millón de cosas distintas. Sin embargo, a pesar de las mil tribus que pueblan la Tierra, hay bellezas poderosas que siguen agarrando el corazón de todos.


"Make good art"


Yo no soy un artista. Nunca me consideré artista, pensé que no tenía talento. Mi nivel de dibujo a los 6 años se parece bastante al actual. Bueno, quizá haya perdido algo de práctica. Canto con mucho sentimiento y poco talento, tocar música es un misterio para mí, más allá de la base mecánica más básica. Así que hago dos cosas: escribo y actúo.

Y para mí ambas van profundamente ligadas, ya que cuando escribo estoy pensando en representar las palabras que pienso, y cuando actúo prefiero utilizar las palabras que escribo (o me limito a admirar a aquéllos, más sabios, que las escribieron por mí). Hay un tercer arte que practico, que es el arte marcial. El kárate. Y una de las razones más importantes por las que hago kárate, es porque es en verdad arte. Con él, expreso a través de mi cuerpo, represento, trabajo, siento.

Últimamente me descubro a mí mismo queriendo hacer arte. Es posible que porque, en la pirámide que Maslow utilizaba para explicar sus necesidades rumbo a la felicidad humana, ya doy por cubiertos muchos escalones. Y para mí, el camino a la realización pasa por la creación de arte. Ideo mil planes y proyectos, emprendiendo pocos o ninguno. Pero la urgencia está ahí. Me cuesta encontrar tiempo para hacer lo que quiero, porque paso demasiado pensando en hacerlo. Por ejemplo, Los Viajes de Adán, que cada vez visito cada más tiempo.


"Perfect. It was perfect"


Pero no nos engañemos, no me engaño. Sé que en mi vida la perfección incluye el arte. Y, ahora que soy informático y trabajo como tal, en un mundo de ideas ordenadas y lógica (mundo que me estimula y divierte), siento que la ingeniería no es sino un pasatiempo incapaz de llenarme de igual forma.

Así que haré lo posible por seguir buscando y coleccionando belleza, y haré lo imposible por encontrar los ratos que tenga para crearla (¿cómo luchar, si no, contra el gris invierno londinense?). Y si a lo largo de la empresa, alguna aventura es digna de contar, espero poder plasmar algo por aquí. Pensad, sin embargo, que todo lo que escribo lo pienso hablado. Así que leedlo, si podéis, con mi voz. Y si no la conocéis, inventadla... no podríais hacerme un homenaje mayor.

Pusieron mi felicidad en mis manos. No podrían habérsela dado a un guardián menos de fiar.


Un saludo, viajeros!
Adán.


Bibliografía:

El número 23

3 de Noviembre de 2011

Mi reclutador es un tipo joven de etnia india, sonriente, de aspecto impoluto. Lleva un traje gris, una camisa rosa bastante llamativa y zapatos de punta. Me da la impresión de que cuando me sonríe, le brillan los dientes como si fuese un vendedor de coches. Me lleva a buen paso -me cuesta seguirle y darme cuenta del camino a la vez- desde Tottenham Court Road hasta Leicester Square.

-¿Es aquí?
-Sí. Sexto piso, ascensor rojo. Pregunta por D. J.

Mientras me pregunto el motivo de tener ascensores de colores, él me desea suerte y se va. Con una tarjetita de "visitor" prendida en el bolsillo de mi chaqueta, me dirijo al ascensor rojo y subo. Espero, yo también, tener un aspecto impoluto. Tras unos minutos sentado en el sofá, un tipo de mediana edad, de movimientos tranquilos y unos ojos pequeños, azules, y muy vivos, se presenta a recogerme. Me presenta al otro entrevistador, M. J., y nos dirigimos a una sala -etiquetada como "The Interrogatory Room"- para comenzar la primera ronda de la entrevista.


7 de Noviembre de 2011

Es mi primer día de trabajo en The Foundry. De nuevo el ascensor rojo y el logo amarillo me dan la bienvenida. Nervioso, entro en la oficina. D. J., ahora mi jefe, me está esperando junto con otro nuevo para presentarnos al equipo y enseñarnos la planta.

La oficina tiene ventanales dando directamente a Leicester Square, plagada de cines y teatros, masas de turistas, y actualmente en obras (aunque desde nuestra planta se puede ver el verde de los árboles). Me pregunto si llegaré a sentirme en este lugar como en casa. La gente del equipo parece muy agradable, junto a mí se sienta un español que no tiene problema en enseñarme a dar los primeros pasos, y un buen grupo hemos ido a comer juntos a un restaurante chino familiar en el Barrio Chino, en el corazón del Soho.

Al final del día no he hecho gran cosa, empezar a instalar mi equipo de desarrollo para empezar a trabajar. Sin embargo, cuando llego a casa, la sensación es buena. Llego con la emoción de un nuevo comienzo, de un nuevo viaje.


25 de Noviembre de 2011

Siempre me ocurre lo mismo cada vez que cumplo años. Un torrente de ánimo reflexivo me posee, y no puedo evitar pensar en el ritmo de mi vida. Es mi primer cumpleaños fuera de casa. En el último, aunque amanecí en Oxford, coincidió con un vuelo a Asturias para asistir a un acto de la Universidad. Aun así, ¡estoy contento! He amanecido en 23 cumpleaños viviendo una aventura en Londres, y con un trabajo que me permite mantenerme (piso en Brick Lane incluido). Creo que lo que más agradezco en este momento es que haya terminado la época de finales de verano, la angustia de la búsqueda de trabajo y piso, y las dudas asfixiantes que precedieron a la decisión de venir a Londres.

Londres es una jungla hiperpoblada. El espectáculo de la estación de metro de Liverpool Street es una sinfonía digna de ver. Manadas de ejecutivos se afanan en ganar medio minuto al tiempo corriendo escaleras abajo, hordas de trabajadores luchan contra la somnolencia de las 9 de la mañana, masas informes se desplazan en grupo, anónimas. Londres es una selva llena de tribus, es un bazar donde hay de todo, el único problema es saber qué elegir. Y en el corazón del laberinto, yo me uno a la orquesta tratando de hacer sonar mis notas. Aunque desafinen. Hay una hormiga más en la fila de obreras, pero una que sí mira al cielo en busca de las estrellas del caracol aventurero.

El soldado 23 se jubila ya, y se lleva unas cuantas medallas. Entre ellas, llegar a Londres. Damos la bienvenida al soldado 24... ¿a dónde nos llevará este viaje?

Un saludo,
Adán.

De finales y principios (II)

Capítulo 1: La cámara CLL11

Deslicé la llave metálica en la cerradura y, mientras la giraba y escuchaba el suave crujir del pestillo al abrirse, no pude evitar sentirme como el jovencísimo señor Potter abriendo por primera vez su cámara de Gringotts. Abrí la portezuela y contemplé los escasos metros cúbicos que se me habían asignado como taquilla. "Bueno, si coloco bien mis cosas, debería ser bastante...", pensé. En mi caso, las catacumbas de los duendes habían sido reemplazadas por una sala polvorienta de pasillos angostos e iluminación negligente en Wolfson College.

Varios minutos después, contemplaba el puzzle de maletas, cajas y paquetes que, cuidadosamente colocados, llenaban el espacio de la taquilla. Vaya, todo un año de vida en una habitación reducido a unas cuantas cajas. Mi habitación había quedado vacía horas antes, tras una muy larga noche en vela de empaquetar meticulosamente al principio, azoradamente al final, mis preciadas pertenencias. Un año acumulando ropa, papeles, libros, decoración y recuerdos, ¡y ahora mi habitación parecía tan vacía! Cerré la taquilla, salí de la sala y me alejé con la llave de la cámara CLL11 -mi cámara- en mi bolsillo.

Capítulo 2: El tren

Un viaje de ida a London Paddington desde Oxford vale £21.40. El viaje ida y vuelta vale £21.50. Por supuesto, pueden conseguirse biletes mucho más baratos comprando con antelación pero, claro está, para eso uno necesita saber que va a hacer el viaje con antelación. Y yo no lo sabía. El suave traqueteo del vagón me llevaba rumbo a una nueva empresa, una que me ponía bastante nervioso: buscar un piso donde vivir en Londres.

Hasta ahora, siempre había viajado a Londres en bus. Era mucho más económico, y además el viaje era más directo desde el aeropuerto. National Express te recoje en Stansted y en 3 horas y media (tiempo variable en función de la suerte que tengas) te deja en Gloucester Green (Oxford). Sin embargo, el tren tenía algo especial. Para empezar, en coche o autobús siempre me mareo si intento leer, pero en el tren podía hacerlo sin problemas (más tarde comprobaría con grata alegría que en el metro también). Para seguir, se tarda muchísimo menos, la gente parece más amistosa (por ridículo que suene al verlo por escrito), y la llegada... es completamente distinta. La parada de autobuses en Victoria parece expulsarle a uno al medio de la calle, perdido en una ciudad enorme que se lo quiere tragar. Sin embargo, la estación de Paddington parece recibirle a uno con los brazos abiertos. A pesar del tumulto de gente que baja o sube de los trenes a toda velocidad, la estación tiene una luz, un espacio, una vida, que hacía que me sintiese bienvenido.

Yo, de nuevo, no podía evitar, que las palabras "Andén 9 y 3/4" resonaran en mi cabeza al pisar por primera vez aquella estación. No sería la última, ni mucho menos. Durante los siguientes días seguí yendo y volviendo de Londres en busca de una morada, en lo que recuerdo como unos de los días vividos con más ansiedad de mi vida. Sin embargo, la estación de Paddington se acabó convirtiendo en un elemento familiar para mí, un lugar al que le tengo un cierto cariño. La tienda de Cornish Pasties donde compraba empanadillas para comer en el tren, las sillas junto a la pantalla de anuncios de trenes, la salida a la calle, la bajada al metro...

Dejé la estación a mi espalda y salí a la calle rumbo a Hyde Park. En mi mochila, números y direcciones de contacto de caseros, y algún mapa impreso con prisas en el departamento. La ilusión de buscar un nuevo lugar donde vivir. Pero eso... no resultaría tan fácil.

Capítulo 3: Una casa

Después del primer viaje en tren a Londres, hubo otro. Y luego otros más. La desesperación hacía presa en mi persona, conforme la fecha del final de mi estancia en Oxford se aproximaba y la de inicio en Londres estaba aún por determinar. Al borde del ataque de histeria, acudí a una de las citas para ver un piso. A las pocas horas, estaba pagando la reserva del alquiler, y a los dos días el contrato por 6 meses.

Llovía. Llovía mucho. No sé si me explico, llovía muchísimo. Bajo la lluvia, una figura cargaba con dos maletas, un edredón, una almohada, una mochila y un abrigo, y al mero abrigo de un sombrero, se cobijaba en la estación de overground de Shoreditch esperando a que la lluvia amainase. Giré la llave y la puerta cedió. Empujé las maletas al pasillo, y abrí la puerta de mi habitación. En ese momento, la habitación vacía me pareció un reto. Eran solo unas paredes desnudas y unos pocos muebles tristes, pero tenía el potencial de convertirse en un hogar.

Estaba frente a mi taquilla de nuevo, con la llave en la mano. Esta vez, retiraba parte de mis posesiones para llevarlas conmigo, empezando así la mudanza. Mi aventura en Oxford había terminado. Mi aventura en Londres acababa de comenzar. Y no podía pintar mejor.

Os mantendré al tanto de mis andanzas por la capital, queridos viajeros, ¡permanezcan a la escucha!

Un saludo,
Adán.

De finales y principios

Siempre me han gustado los finales. Tienen un matiz poético, dramático quizá. Cuando algo malo se termina, se celebra el haber dejado atrás un periodo desagradable. Si, por el contrario, era algo bueno, entonces se glorifica y se preserva herméticamente, como si los recuerdos fuese un buen vino que mejora con el tiempo.

Siempre me han gustado los principios. Traen consigo un aroma de la infancia, un cosquilleo de víspera de Reyes, una placentera incertidumbre. Los principios vienen cargados de promesas, son todo posibilidades.

Sin embargo, siendo aficionado a finales y principios, he de confesar que no me gusta mucho lo que queda en medio. Y no me refiero a lo que hay entre un principio y su final, sino entre el final de una etapa y el principio de la siguiente. Cuando terminamos de paladear esa última pizca de sabor que dejan tras de sí los finales, pero aún no nos hemos entregado a la expectativa del principio por comenzar, nos hayamos perdidos, a la deriva. No hay un rumbo que nos guíe. Y encuentro esa sensación especialmente inquietante, desasosegadora.




Hace unos días caminaba por los jardines de Merton College, recorriendo de nuevo el escenario de La Dama Boba. Recordando la luz que no hace tanto iluminaba ese árbol, ese banco, esas escaleras. Siempre recuerdo esa escena bañada en la luz dorada del sol de las siete de la tarde. Y pensaba en como, al igual que aquellos días de teatro, mis días en Oxford van llegando a su fin.

No me gustan este tipo de encrucijadas, porque representan todas las puertas que no llegaré a abrir. La libertad es sin duda una carga cruel. Suelo decir que cuando tienes varias buenas opciones, no hay que preocuparse porque no puedes elegir mal. Y aun así, el salto a lo desconocido se me antoja perturbador.

En una semana entregaré mi proyecto fin de master (al cual dedico casi todos mis días y mis noches en estos momentos), y con ello terminará mi etapa actual. Y entonces estaré flotando en el vacío, sin causa ni motivo, hasta que cobre forma el siguiente paso. En mi caso, mi brújula apunta a Londres, pero hay aún muchas decisiones que tomar, muchas puertas a las que llamar.

Cuando era niño, en los juegos siempre volvía sobre mis pasos para probar todos aquellos caminos que había dejado sin explorar. Aunque hubiese encontrado la salida, necesitaba saber que había recorrido todo el mapa, que no había dejado ningún tesoro escondido en un rincón. Ojalá ahora tuviese la garantía de que, sea cual sea el camino que escoja, se me permitirá volver atrás para seguir buscando tesoros.

Un saludo,
Adán.

Diez mil tambores roncos




Vengo a verte con la voz
de diez mil tambores roncos.
Vengo y canto una canción,
de hojalata el pecho roto.

Vengo solo, caminando,
no recuerdo desde cuando...
sólo sé que desde un tiempo
para verte, sigo andando.

Traigo una rosa de trapo
y una caja con promesas.
Te daré la caja gratis...
y la rosa, si me besas.

Traigo pena y ternura,
traigo sonrisas a medias,
dos canciones, un sombrero,
poesías y ginebra.

Date prisa, falta poco;
date prisa, ¡estoy llegando!
Pasearemos de la mano,
saldremos a ver el campo.

Tú, las luces apagando,
fingirás que yo soy otro.
Yo, que ya me importa poco,
que me estabas esperando.

¿Hacemos Política?

Estimados viajeros,

No acostumbro, habitualmente, a hablar de política en Los Viajes de Adán. Por varias razones. No soy una persona especialmente involucrada en política. No considero tener bastante conocimiento como para ofrecer una opinión formada. Desconfío incluso de que sea posible para los ciudadanos conocer y juzgar adecuadamente a los dirigentes políticos. Y, además, pienso que la mayor parte del discurso político en España da lugar a discusiones en círculos con poco o ningún sentido y aún menos utilidad.

Sin embargo, hoy me gustaría hablar de política. Me refiero, como puede que ya sospechéis, al movimiento 15-M, a los indignados, a nolesvotes y DRY, a las acampadas que se están moviendo por toda España.

¿Por qué ahora? Quizá porque la dimensión de los acontecimientos que están ocurriendo por todo el país me ha impresionado. Quizá porque me he cansado de ser un sujeto pasivo en la política. Quizá porque creo que tengo la oportunidad de contribuir a que algo cambie, porque lo que estamos haciendo va a algún lugar.



Desde Oxford


Estoy estudiando en la Universidad de Oxford, Inglaterra. Llevo aquí unos 9 meses. En un principio, no sabía casi nada de lo que estaba ocurriendo en España. Pensé que el 15-M fue una manifestación puntual. Cuando llegué a Asturias el pasado viernes 20, me encontré con que había mucho más de lo que había imaginado. Campamentos en ciudades de todo el país, gente echada a la calle reivindicando una mejora de la situación actual. Yo ya había perdido la fe en el aparato político y en la capacidad para cambiarlo de mi generación. A veces me encanta equivocarme.

Desde mi punto de vista, hay tres logros principales y de gran importancia que se han conseguido por el movimiento de los indignados:
  • Demostrar a la sociedad que los jóvenes españoles (ya) no queremos estar al margen de la política de nuestro país.

  • Demostrar a la sociedad que los jóvenes españoles somos capaces de organizarnos y hacer las cosas bien, que podemos implicarnos por una causa y luchar por ella, y no sólo ir de botellón.

  • Demostrar a la clase política que la sociedad española (y ya no sólo los jóvenes) ha decidido dejar de estar callada, que ha decidido exigir a los políticos que empiecen a hacer su trabajo.




Acampada Oviedo


Durante este corto fin de semana que pasé en Oviedo, decidí aprovechar para no quedarme al margen y participar en el movimiento. El sábado, estuve una hora en una de las asambleas celebradas en la Plaza de la Escandalera. Pasé de nuevo por allí el domingo por la noche, mientras el grupo de trabajo discutía entre otras la iniciativa del pañuelo blanco como gesto de apoyo al movimiento. El lunes por la mañana, decidí aportar mi granito de arena y ser parte de lo que ocurría, y pasé por Almacenes Galán para comprar tela y llevar 24 pañuelos blancos a la acampada. Volví a pasar después de un rato, y comprobé alegremente que unos cuantos acampados ya llevaban el brazalete.

Durante la asamblea, los problemas de darle un micrófono a literalmente cualquiera que lo pida se hicieron evidentes. Hablaban unos que tenían algo que decir y otros que no, unos que sabían hablar y otros que no, unos que sabían dónde estaban y otros que, por lo visto, no. Recuerdo la intervención de una chica que dijo algo incongruente sobre el lenguaje sexista y a continuación hizo una eufórica exposición en la que tarde un rato en darme cuenta de que sus pronombres "nosotras" y "todas" me incluían a mí. ¿Podemos superar ya todo eso y aceptar que el masculino plural es aplicable al género neutro, por favor? También hubo otra que comenzó por preguntar, de forma retórica, si sabíamos cómo se creaba el dinero, y siguió con un discurso pro-abolición de la moneda el cual terminó con decir que debíamos expander nuestras ideas no sólo a España sino al mundo entero. Otras intervenciones poco atinadas incluyeron propuestas también un poco fuera de lugar.

Me dio la impresión de que se estaban intentando dar pasos en muchas direcciones distintas, con lo que al final estábamos condenados a quedarnos en el mismo sitio. Por esto aplaudí la intervención de mi amigo Yeyo cuando señaló que para opinar y exigir hay que formarse, y que por ello sustituir parte del tiempo dedicado a las asambleas por charlas formativas que dieran paso a coloquios más orientados sería un proceder más productivo. Y, sinceramente, creo que dio en el clavo. También pienso que algún tipo de moderación para evitar que los participantes se vayan por los cerros de Úbeda ayudaría bastante.



Pero sí vi algo definitivamente valioso en la asamblea. La voz de la gente, expresada sin más. Sin intermediarios ni representantes. Cada uno con su modesta habilidad para dirigirse al público, con sus ideas más o menos pertinentes al contexto, pero todo en estado natural.

Mis amigos me contaron que algunos asistentes eran duramente castigados al hacer referencia a la necesidad de organizarnos de una forma más estructurada, porque no es nuestro objetivo formar un partido político. Dejemos algo claro, porque aquí está el punto más importante del movimiento. Que no sólo ya no confiamos en los políticos para representarnos, sino que además exigimos que empiecen a hacer el trabajo para el cual les pagamos. Nuestro objetivo no es formar un partido, entrar en el sistema y reformarlo. ¡No tenemos por qué hacer eso! No queremos convertirnos en políticos, queremos que los políticos que ya tenemos (y tenemos de sobra) hagan lo que deben. Pero, para esto, señores, debemos formarnos. Y debemos hacer política, en el sentido puro y libre de connotaciones de la palabra. Porque queremos cambiar la política.

Quise haberme quedado a dormir el domingo, pero fui muy cobarde como para hacerlo solo, así que al no obtener apoyo de ningún amigo (aunque alguno estuvo cerca), me quedé con las ganas. Aun así, me alegro de haber participado con los pañuelos. El lunes llevé el mío todo el día, volé con él, y llegué a Oxford con él puesto. Ahora, aprovecho cada instante para exponer a la gente de aquí lo que está pasando en España.

A dónde vamos


Mucha gente pensó que tras las elecciones del 22 de mayo se terminaría el movimiento. Esto es un error de base, ya que el movimiento no tenía como objetivo modificar el resultado electoral... si bien haberlo modificado puede entenderse como un pequeño éxito. A través del movimiento expresamos que estamos indignados con la clase política por no responder a nuestras necesidades, y ésto no se acaba con poner a un partido u otro en el poder.

De hecho, una de las características principales del movimiento es que es apartidista y asindicalista. Esto no significa que la gente involucrada no tenga ideologías o afinidades políticas, sino que estas pueden ser bien diversas y dispares, y ninguna define el movimiento. Una de las reivindicaciones expuestas en el manifiesto de DRY, de hecho, es que no queremos más intermediarios, por considerar que no cumplen su cometido.

No sé si lo que estamos haciendo llegará muy lejos. Quizá en unas semanas quede atrás, deje de ser noticia y se olvide. O quizá algo cambie. Quizá algo haya cambiado ya en la conciencia social. En cualquier caso, cuando todo haya pasado, quiero poder decir que formé parte de ello.



Así que sí, queridos viajeros. Hoy, en Los Viajes de Adán, hablamos de política. Por primera vez. ¿Por última?

Un saludo,
Adán.

Cómo conocí a Gandalf (Parte 2)

Continúa desde Cómo conocí a Gandalf (Parte 1).

Tengo una pregunta para usted


Tenía claro que quería preguntar algo. Sabía que quería preguntarle sobre su faceta como actor. Sin embargo, no quería parecer un fan que sólo quiere anécdotas de Gandalf y Magneto, y que sólo conoce/valora al actor por sus trabajos más comerciales. Pero, en realidad, ¡sólo lo conocía por sus trabajos más comerciales! (aunque sabía que había hecho mucho teatro también). Tras pensar un poco, finalmente se me ocurrió la solución. Le pregunté de qué trabajos se sentía más orgulloso, tanto en cine como en teatro.



Respondió que sus mayores méritos eran pequeños triunfos personales durante ensayos, en los que algo que había estado no funcionando en absoluto terminaba saliendo. Añadió que, el problema de los resultados pasados, es que no pueden mejorar, ya están hechos. Como trabajos concretos, en teatro mencionó una producción de Macbeth en la que él interpretó a Macbeth y que de hecho se grabó para TV, pero que es de las pocas con las que está satisfecho con el resultado final. En cuanto a cine, mencionó una película que yo conocía por haber visto a medias, Dioses y Monstruos (NE: A los pocos días de escribir esto, vi la película de nuevo y entera... sublime).

Dioses y Monstruos


Ian McKellen interpreta en Dioses y Monstruos al director de cine James Whale en sus últimos días. Dicho director, homosexual declarado abiertamente, fue responsable en la primera mitad del siglo XX de películas de terror tan icónicas como Frankenstein y La Novia de Frankenstein. La película gira en torno a sus últimos días, donde se muestra al director como un anciano perseguido por sus fantasmas, acosado por la enfermedad que hace que su mente le empiece a fallar y dominado en ocasiones por la lascivia.

La pieza es muy interesante, está dotada de un dramatismo bastante lírico pero sin llegar a recargarse de forma innecesaria o desagradable. Sin entrar a dar más detalles sobre el argumento, diré para exponer mi punto que el director se identifica con el monstruo de sus películas, una criatura que se siente diferente y sola.



Y este detalle me pareció muy interesante, y de hecho alguien lo puso en relieve a través de una pregunta (-declaración, pero permisible por ser interesante) en la charla, planteando si había un paralelismo entre su lucha por los derechos de los homosexuales y el papel de Magneto en X-Men. Para los profanos, Magneto es un mutante muy poderoso, enemigo de los X-Men, que defiende que los humanos y los mutantes no pueden convivir en paz. Por lo tanto, la solución es que los mutantes, siguiente paso evolutivo, tomen el control del planeta para evitar que los humanos los sometan a ellos. En las películas se excava además en el pasado de Magneto, cuando de niño fue prisionero en un campo de concentración nazi.

Ian McKellen no pudo evitar estar de acuerdo con lo propuesto, explicando además que durante la época dorada de Marvel, cuando surgieron los X-Men, estos comics eran especialmente populares entre adolescentes negros, judíos y homosexuales. Sintiéndose diferentes y discriminados, no es de extrañar que estos sectores de la población se identificaran con la problemática social mutante.

El Conejo Blanco ataca de nuevo


Una chica hizo una muy buena pregunta. "¿Cuál es tu cita favorita, de un personaje que hayas interpretado?" Ian dijo que respondería después. Y es que nos había guardado una sorpresa para el final. Una cita de Sir Thomas More, de Shakespeare (al menos atribuida en parte), que hablaba de la inhumanidad con la que los hombres se volvían contra sus vecinos por ser extranjeros. Supongo que la elección es bastante adecuada. Después de introducir la escena, se guardó las gafas en el bolsillo y comenzó a declamar. Un nudo en mi estómago, ni una respiración, sólo la voz de este hombre de 71 años recitando a Shakespeare, caminando en torno al pasillo que antes fuera puente y mirando al público que le rodeaba, como escuchando las réplicas de sus interlocutores inexistentes.

La marea de aplausos fue colosal. Y, cuando se marchaba, aún me dio tiempo a sacar el diario y un bolígrafo y perseguirlo por el pasillo para unirme a aquéllos de los presentes que obtuvimos un autógrafo.



Y así, como siempre que acudo al teatro, o a una charla de un actor, no pude evitar empezar a hacerme preguntas. ¿Puedo ser feliz sin actuar? Si no tengo claro que la respuesta a esto sea sí, ¿qué estoy haciendo con mi vida para que me lleve a donde quiero ir? Hace tiempo, escribí en mi diario: "Haga lo que haga en la vida, sé que me estaré engañando a mí mismo si no hago teatro." Lo hice en Barcelona, después de asistir a Garrick, de Tricicle. Y en momentos como este... el conejo blanco ataca de nuevo.

Un saludo,
Adán.