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London Farewell

No es una decisión que se tome en un momento. Al principio, es sólo una idea. Pequeñita. La comentas casi en broma, pero en realidad sabes que es más en serio de lo que quieres hacer creer. Sólo estás dándole forma. Poco a poco la idea va creciendo. No es una decisión que se tome en un día, ni en una semana. Vas dándole vueltas.

El problema es que, una vez tomada la decisión, ni si quiera tú te la crees del todo. No hasta que le pones fecha, el punto de no retorno.


5 de Julio de 2013, medianoche. El punto de no retorno.

Los cacharros de la cena se apilan junto al fregadero, los platos sobre la mesa, y un par de piedras de hielo y una rodaja de limón se aferran a los restos de refresco que quedan en el vaso al que doy vueltas, escuchando el tintineo contra el cristal. Miro la pantalla del ordenador. No tiene sentido seguir buscando fechas, ya la he escogido. No tiene sentido mirar otras rutas u horarios, sé que ésta es la más barata. Hago clic. Un clic. Por primera vez en mucho tiempo, compro un billete… sólo ida.



12 de Julio de 2013, 2:57pm. Despedida en el British.


Llego a la entrada del British Museum un poco a la carrera. He pasado estos días despidiéndome de gente. Pero esta tarde está reservada para otro fin: despedirme de la ciudad. Llego un par de minutos tarde al evento “The Way of Tea”, una demostración de la ceremonia del té japonesa. Llevo más de un año queriendo asistir, y siempre me lo he perdido. A la hora de la verdad, se me hace corto, y desde mi lugar en la fila de atrás no aprendo mucho. Pero hay un sentimiento de gratificación por no haber dejado ese cabo suelto. De alguna forma, ya puedo marcharme más tranquilo.

Doy un paseo corto por el museo. De nuevo el Partenón de Atenas, que siempre me recuerda mi primera visita a Londres, la misma sala donde Dani me explicaba las centauromaquias. En la exposición de relojes, por fin entiendo cómo funciona un reloj de pesas o de cuerda. Y tras deambular un poco más, dejo las puertas del museo a mi espalda.

En vez de dirigirme a la estación más cercana, me decido a pasear un poco más por el centro, alentado por el buen tiempo de verano y lo azul del cielo (si uno vive en Londres, uno aprende a valorar estas cosas mucho, muchísimo). Por la mañana había estado en Soho y Covent Garden. Ahora, paso por Chancery Lane y Holborn, recorrido que hice por primera vez a pie con María, aquél día que decidimos no coger el metro para ir a St Paul, y sigo andando hasta City Thames Link. No ha sido algo planeado, aunque cuando sucede, sé que de algún modo no podría haber pasado de otra manera. Londres se merecía un último paseo que fuera completamente innecesario.


15 de Julio de 2013, 7:20am. Tres años en cajas.

La sensación de un cuarto vacío es sorprendentemente polisémica. Al llegar, es una promesa. Es un lugar sin historia ni recuerdos, es un lienzo en blanco donde empezar a pintar. Cada mueble, cada libro, cada adorno en la pared, poco a poco van configurando algo tuyo. Pero el proceso inverso es mucho más costoso, porque al ir desnudando las paredes y los muebles es como si te arrancases cachitos de ti mismo, de tu historia en ese lugar. Y los vas guardando.

Es la última. La última caja. La última de 16. Todas embaladas, con mi dirección escrita bien grande. Intento olvidarme de esa sensación de que se me olvida algo, ya estoy acostumbrado a ella cada vez que cierro una maleta. Cuando el camión se las lleva, la casa me parece mucho más vacía. De alguna forma, aunque me quede una noche, ya ha dejado de ser mi casa.

Lo cual me recuerda mucho a la cámara CLL11


16 de Julio de 2013, 11.30am. Sólo ida.


Por alguna razón, los aeropuertos me gustan. No sé. Me dan una cierta sensación de calma. Quizá sea el presenciar una máquina tan sumamente compleja funcionando con tanto orden. Hormiguitas que entran, hormiguitas que salen. Deposite aquí su equipaje. Rayos equis, escáneres. Su puerta es la 19, controle su equipaje de mano. Sí que hay cierta cantidad de estrés asociada al viaje, pero para mí la peor parte es hasta llegar al aeropuerto. Y, si he dormido medianamente bien (lo cual es raro) y tengo un libro a mano (lo cual no lo es), esta parte no es tan dura. Es curioso, por cierto, cómo libros concretos pueden dar matices especiales a los momentos que vivimos (en este caso, era American Gods de Neil Gaiman).

Cuando el avión despegó, no sé si se notó, pero creo que se me quiso escapar el amago de una sonrisa en los labios. Me iba a casa.



24 días después. 9 de Agosto de 2013, 8.45pm


-¿Te has hecho ya a la idea?
-No. Ni creo que me lo haga. Seguramente, no hasta pasar varias semanas en España. Y darme cuenta de que ya está, no tengo fecha de vuelta. De que ya no estoy en Londres. De que cerré el capítulo.

Es una sensación curiosa. La gente me pregunta que qué hago aquí. Si estoy trabajando. No lo entienden. No entienden que no dejé Londres porque tuviera algo esperando. Dejé Londres porque tocaba terminarlo. Y, la verdad, estoy tranquilo. Creo que duró el tiempo justo. He vivido en dos casas, en Brick Lane y en Brixton. He buscado trabajo, he hecho entrevistas, he tenido mi primer trabajo y lo he perdido, y lo he recuperado por un tiempo y al final se ha terminado. He conocido a mucha gente que hacía cosas muy distintas. He visto cosas que yo no creería, recorrido muchos sitios, algunos hasta hacerlos familiares, y aprendido muchísimo.

-¿Vienes para quedarte?
-De momento.
-¿Qué tienes pensado hacer?
-… (pausa larga). Muchas cosas. (sonrisa). Demasiadas. Pero veremos por dónde empezamos.

Al fin y al cabo… ya lo he hecho una vez.


Un saludo,
Adán.

Foxes in the backyard

En Inglaterra, no es del todo extraño encontrarse de vez en cuando con estas bellísimas criaturas. Y, en contraste con lo habitual en España, donde uno sólo espera avistarlos en el monte o el campo, aquí es relativamente fácil verlos en áreas urbanas.

En mi estancia en Oxford recuerdo cruzarme con zorros alguna que otra noche de la que salía de entrenar del club de karate, que estaba en una zona con bastante campo abierto. Lo que no es tan habitual, queridos lectores, es encontrarse zorros a plena luz del día. Y en tu casa.


Pues bien, desde hace unos días para acá, resulta que cierta pareja de zorros ha cogido gusto al jardín de detrás de nuestra casa. De hecho, han tomado posesión de varios de los jardines de la zona, y a menudo se les puede ver desarrollando sus actividades diarias, generalmente consistentes en pasearse, dormir o jugar.

Ustedes pensarán lo que quieran. Yo pienso que nos traen suerte.


El zorro rojo, Vulpes Vulpes o Canis Vulpus, es la especie más común de zorro, y además un tipo de cánido. Es omnívoro, y a diferencia de la mayoría de los perros tiene las pupilas verticales (cual gato) y las garras retráctiles (cual gato de nuevo).

Suele asociársele como característica representativa la inteligencia, a menudo con ánimo de engaño y manipulación. En la mitología celta se habla de brujas que pueden transmutarse en zorro. En China, de los huli jing: espíritus con cuerpo de zorro con nueve colas (¿a alguien le suena de algo?), similares a los kitsune japoneses que toman forma de zorro a voluntad. Y en los cuentos tradicionales europeos no es raro encontrarse con zorros astutos y taimados.

Aunque, por suerte, no todos los zorros son así.


Y tras tanta investigación teórica (que puede haber conllevado mirar uno o más artículos en wikipedia), recopilar este informe de campo y poner junta toda esta información, un servidor no tiene otro remedio que preguntarse... ¿tendrá esta inesperada invasión zorruna, o zórrica si lo prefieren, algo que ver con los gatitos espía?

Les deja con esa pregunta y se despide hasta otro viaje, su leal servidor. Espero que puedan dormir tranquilos, yo seguro que no.

Un saludo,
Adán.

Y en 2013, seremos un poco más viejos

Cuando era más joven, y me debatía en lucha con la tragedia diaria de ser un adolescente, llegué a la conclusión de que mi vida trazaba círculos. Bueno, o al menos un aspecto en particular de mi vida. Y eran ciclos muy marcados, siempre el mismo patrón, pasando por las mismas etapas de génesis y catarsis. Poco a poco, los círculos variaban, era como trazar una espiral tridimensional en la que en cada punto la dirección cambia mínimamente, desviándose de forma aleatoria del itinerario previo, pero siempre manteniendo la misma forma general.

Identifiqué que este proceso cíclico no me convenía. Siempre empezaba igual, lleno de ilusiones autoinfundadas, descubría el error, y terminaba volviendo al punto de origen. ¿Cómo romper el círculo? Bueno, es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente y un título en todología hiperbólica que para salir del ciclo basta con hacer algo tan simple como cambiar cualquier parámetro. Pero oh, la adaptabilidad cósmica al cambio. Mi patrón pervivía.


Ayer me di cuenta de que ya no sigo caminando en círculos. Ah, pero no me preguntéis... mucho me temo que no sé cómo salí. Imagino que aquí muchos lectores habrán caído presa del desencanto y duden de la utilidad de leer el resto del post si no voy a revelar la solución al problema propuesto. Queridos lectores, si yo supiera solucionar sus vidas, comenzaría por la mía. Y queridos lectores... el verdadero problema que trataré hoy, aún no ha sido propuesto.

Ayer me di cuenta de que ya no sigo un patrón cíclico. Ayer me di cuenta de que estoy parado. Atascado. Y ahora, según escribo estas líneas, me pregunto si la forma de salir del círculo no habrá sido, simplemente, dejar de andar. Y me pregunto si eso puede considerarse realmente como salir. ¿Aún estoy dentro, pero hibernando?

Ah... pero estoy saltando a la conclusión, sin haber si quiera explicado a qué me refiero cuando hablo de atasco. Y ahora es cuando, queridos lectores, comprenderán por qué he escrito un post por Año Nuevo, con un título que hace pensar que será un post de revisión del año. También me salté el post de cumpleaños (pido perdón a los afectados), de ahí la referencia a la edad.

¿Por qué temo que pueda estar atascado? Bueno, para eso hay que remontarse al principio del año. Yo había terminado el máster, y me había mudado a la ciudad de Londres donde llevaba un par de meses en mi primer trabajo. Estoy en un punto de mi vida en el que lo que hago suena genial, trabajo de lo mío, vivo en el extranjero, en fin, estoy donde se supone que debo estar. ¿En serio? Estoy en un punto de mi vida en el que estoy volcado en mi desarrollo profesional, digamos. Pero me da la impresión de que otros aspectos han quedado descuidados.

No soy la persona que quiero ser. Y apenas trabajo en serlo. Todas las promesas que me hice a mí mismo y que empezaban por "cuando termine de estudiar y de verdad sea libre...", no las he cumplido. Me prometí a mí mismo ser el dueño de mi vida. Y no lo soy.

Vivo en una ciudad muy grande. Vivo en una ciudad que en realidad me gusta. Pero es muy fría, muy oscura, y los inviernos son muy duros. Muy duros. Y echo de menos España, y echo de menos Oviedo. He encontrado buena gente allí. Pero no es lo mismo. Y no tengo la misma facilidad. Debería buscar el sol. Debería empezar todos los proyectos que se me ocurren, porque son geniales, o para descubrir que no lo eran.

Y sí, nos hacemos viejos. No me preocupa avanzar despacio, me pregunta no avanzar. Y si no avanzo, probablemente sea porque no tengo rumbo ni dirección. ¿Cómo llegar cuando no sé a dónde?

Quizá estoy siendo muy duro conmigo mismo. Quizá sea uno de esos días. Al fin y al cabo, el plan era mudarme a Londres para trabajar y aprender, y eso lo he hecho. También he encontrado tiempo para teatro, y sigo con ello de cara al año que viene porque ya estamos preparando la próxima obra. Incluso entrené karate durante un tiempo, aunque corto. Pero aún queda esa sensación de incompletud.


Y sí, llega el 2013. Y no sé si hacerme propuestas, porque eso últimamente ha demostrado ser bastante falible. No hace mucho, despedimos al soldado 24. Ahora que lo pienso, se me escapa media sonrisa. Este soldado lleva unas cuantas medallas, de eso no hay duda.

En fin, ¿por qué escribir un post como este? Quizá porque ayer he descubierto unas cuantas cosas. Quizá por una fan. Quizá porque merece la pena recordar lo que he hecho, y sentirme un poco más orgulloso. Quizá, queridos lectores, quizá simplemente porque Adán lleva demasiado tiempo dormido...

Un saludo y un feliz 2013,
Adán.

Dancing for the train

Si alguna vez, querido lector, se encuentra en la situación de vivir en una gran ciudad como Londres, como yo me encontraba el pasado miércoles 24 de Octubre, es posible que le suceda que el conmutar de casa al trabajo se convierte una parte importante de su rutina diaria. No importante por contribuir significativamente al resultado del día, pero sí en cuanto a la cantidad de tiempo invertida en viajar. Si alguna vez se encuentra, además, en la situación de tener una mente analítica, como me sucede a mí, es posible que a menudo se dedique a la consideración de su papel en esta rutina.

Metros, trenes, buses... convierten a las personas en entes sin rostro, todas iguales. Un sentido o el otro, suben o bajan... no importa. Los llaman medios de transporte colectivo. Es un nombre bonito. A mí me parece transporte en masa. Parece que colectivo suena mejor. Colectivo evoca una experiencia compartida, mientras que en masa despersonifica la mercancía humana que es transportada. Ganas una hora, pierdes una hora.


Pero el miércoles 24 de Octubre no. El miércoles 24 de octubre sucedió algo, hubo un cambio. Las leyes de la rutina se alteraron, probablemente enfureciendo a algún que otro agente místico del aburrimiento, si es que existen tales cosas como agentes místicos del aburrimiento. Existan o no, el caso es que sí, algo sucedió: un ente sin cara, de repente y contra todo pronóstico, tuvo rostro. Y, ¿quién fue el detonador de esta circunstancia?, se estará sin duda preguntando el lector, si se encuentra en la situación de tener una mente altamente responsiva a la curiosidad, como me encuentro yo y se encuentran la mayoría de las personas. Pues bien, si estan pensando que el causante del incidente fui yo, siento decir que no fue así. La gloria le corresponde a una niña de 12 años llamada Helene.

Llegados a este punto, me gustaría hacer una pausa y aclarar que en realidad no conozco la edad exacta de Helene, pero 12 me parece una estimación bastante apropiada. También me gustaría aclarar que no conozco el nombre exacto de Helene, y probablemente en este caso Helene no sea una estimación tan apropiada como lo serían Lucy o Claire. La primera razón para escoger Helene es que me pareció que Helene necesitaría un nombre. La segunda, es en honor a otra niña de 12 años que conocí en el pasado, que sí tenía exactamente 12 años y que sí se llamaba exactamente Helene, y que vino a mi memoria cuando traté de estimar la edad de la recién bautizada Helene. Dicho esto, volvamos al 24 de Octubre para proseguir con la historia.

Al principio, no supe bien lo que estaba pasando. Pensé que Helene simplemente estaba jugando, saltando de aquí para allá. Pensé que se miraba los pies porque estaría estrenando unos zapatos nuevos que le agradaban especialmente. A ratos, detenía el juego para sonreir a su madre, que devolvía la sonrisa. Pero, de pronto, pasaron dos cosas, tan seguidas que no puedo recordar en qué orden sucedieron, o si ocurrieron a la vez.

En primer lugar, sus movimientos me resultaron tremendamente familiares, y tuve un flash-back en mi cabeza en el que recordé la escena de Billy Elliot donde baila por primera vez delante de su padre, con los brazos muy rectos y la espalda bien derecha, levantando mucho las rodillas.

La segunda cosa que ocurrio, aunque insisto en que quizá fuese la primera, es que había algo extraño en la forma de moverse de Helene. Saltaba de aquí para allá, ahora a la izquierda, ahora al frente, y luego giraba y giraba... pero sus movimientos no eran completamente aleatorios. Y además, hacía pausas al cambiar, hacía pausas durante las cuales se notaba que trataba de hacer memoria. Hacía memoria para recordar... estaba tratando de recordar algo, ¡trataba de recordar un patrón! Sus movimientos, seguían un patrón, y de repente se hizo evidente que el juego era un baile, ¡estaba danzando!


Los pies de Helene se movían de aquí para allá, ganando seguridad y perdiendo vergüenza, bajo la atenta mirada de su madre. De pronto, sus manos se alzaron y empezaron a moverse también. No sabría identificar qué clase de baile estaba presenciando. Los golpes de talón y puntera en el suelo me hicieron pensar en claqué, y los gestos de las manos me recordaron a las jazz hands. El lector comprenderá que, durante un instante, me sentí apenado por no tener suficientes conocimientos de danza para reconocer lo que estaba viendo. Pero también comprenderá que un instante era todo el tiempo que podía estar apenado mientras tan inesperado espectáculo se desplegaba ante mí.

Así que Helene siguió bailando y bailando, parando cada poco para recordar el siguiente paso, buscando la mirada aprobadora de su madre, y también espiando las reacciones del público que, en aquella mañana del 24 de Octubre de Londres, contra todo pronóstico, había sido arrancado de su rutina durante la espera al tren.

Y entre ellos me encontraba yo, con un libro a medio cerrar olvidado entre las manos, y completamente incapaz de ocultar mi conmoción. Estaba completamente paralizado, con los ojos fijos en cada paso de Helene y media sonrisa pintada en mi cara. La sonrisa del que sabe que está siendo espectador de un suceso único, algo exquisitamente irrepetible.


Mientras me disponía en mi interior a guardar mi libro en un bolsillo para disponer de mis dos manos y componerlas en un ferviente aplauso, el tren llegó a la estación y Helene y su madre se subieron a él. Y así, el hechizo terminó.

Así que si alguna vez, querido lector, se diera el caso de que se encuentre en la situación que yo me encontré el miércoles 24 de octubre, mantenga los ojos bien abiertos y atesore cada instante. Londres es una ciudad inmensa, llena de entes sin rostro. No puede uno despistarse, porque podría estar perdiendo la oportunidad de ver bailar a Helene. Aquél día su ilusión por bailar me acompañó el resto de la mañana, y vuelve a despertarme media sonrisa de idiota cada vez que la recuerdo. Me gusta pensar que Helene sigue por ahí, bailando en otras estaciones mientras espera al tren, y despertando a otros entes sin rostro.

Un saludo,
Adán.


Leyenda de las fotografías:
  1. Loughborough Junction alrededor de los años 1950 (fuente).
  2. Fotograma de Billy Elliot
  3. Loughborough Junction en la actualidad.

El número 23

3 de Noviembre de 2011

Mi reclutador es un tipo joven de etnia india, sonriente, de aspecto impoluto. Lleva un traje gris, una camisa rosa bastante llamativa y zapatos de punta. Me da la impresión de que cuando me sonríe, le brillan los dientes como si fuese un vendedor de coches. Me lleva a buen paso -me cuesta seguirle y darme cuenta del camino a la vez- desde Tottenham Court Road hasta Leicester Square.

-¿Es aquí?
-Sí. Sexto piso, ascensor rojo. Pregunta por D. J.

Mientras me pregunto el motivo de tener ascensores de colores, él me desea suerte y se va. Con una tarjetita de "visitor" prendida en el bolsillo de mi chaqueta, me dirijo al ascensor rojo y subo. Espero, yo también, tener un aspecto impoluto. Tras unos minutos sentado en el sofá, un tipo de mediana edad, de movimientos tranquilos y unos ojos pequeños, azules, y muy vivos, se presenta a recogerme. Me presenta al otro entrevistador, M. J., y nos dirigimos a una sala -etiquetada como "The Interrogatory Room"- para comenzar la primera ronda de la entrevista.


7 de Noviembre de 2011

Es mi primer día de trabajo en The Foundry. De nuevo el ascensor rojo y el logo amarillo me dan la bienvenida. Nervioso, entro en la oficina. D. J., ahora mi jefe, me está esperando junto con otro nuevo para presentarnos al equipo y enseñarnos la planta.

La oficina tiene ventanales dando directamente a Leicester Square, plagada de cines y teatros, masas de turistas, y actualmente en obras (aunque desde nuestra planta se puede ver el verde de los árboles). Me pregunto si llegaré a sentirme en este lugar como en casa. La gente del equipo parece muy agradable, junto a mí se sienta un español que no tiene problema en enseñarme a dar los primeros pasos, y un buen grupo hemos ido a comer juntos a un restaurante chino familiar en el Barrio Chino, en el corazón del Soho.

Al final del día no he hecho gran cosa, empezar a instalar mi equipo de desarrollo para empezar a trabajar. Sin embargo, cuando llego a casa, la sensación es buena. Llego con la emoción de un nuevo comienzo, de un nuevo viaje.


25 de Noviembre de 2011

Siempre me ocurre lo mismo cada vez que cumplo años. Un torrente de ánimo reflexivo me posee, y no puedo evitar pensar en el ritmo de mi vida. Es mi primer cumpleaños fuera de casa. En el último, aunque amanecí en Oxford, coincidió con un vuelo a Asturias para asistir a un acto de la Universidad. Aun así, ¡estoy contento! He amanecido en 23 cumpleaños viviendo una aventura en Londres, y con un trabajo que me permite mantenerme (piso en Brick Lane incluido). Creo que lo que más agradezco en este momento es que haya terminado la época de finales de verano, la angustia de la búsqueda de trabajo y piso, y las dudas asfixiantes que precedieron a la decisión de venir a Londres.

Londres es una jungla hiperpoblada. El espectáculo de la estación de metro de Liverpool Street es una sinfonía digna de ver. Manadas de ejecutivos se afanan en ganar medio minuto al tiempo corriendo escaleras abajo, hordas de trabajadores luchan contra la somnolencia de las 9 de la mañana, masas informes se desplazan en grupo, anónimas. Londres es una selva llena de tribus, es un bazar donde hay de todo, el único problema es saber qué elegir. Y en el corazón del laberinto, yo me uno a la orquesta tratando de hacer sonar mis notas. Aunque desafinen. Hay una hormiga más en la fila de obreras, pero una que sí mira al cielo en busca de las estrellas del caracol aventurero.

El soldado 23 se jubila ya, y se lleva unas cuantas medallas. Entre ellas, llegar a Londres. Damos la bienvenida al soldado 24... ¿a dónde nos llevará este viaje?

Un saludo,
Adán.

De finales y principios (II)

Capítulo 1: La cámara CLL11

Deslicé la llave metálica en la cerradura y, mientras la giraba y escuchaba el suave crujir del pestillo al abrirse, no pude evitar sentirme como el jovencísimo señor Potter abriendo por primera vez su cámara de Gringotts. Abrí la portezuela y contemplé los escasos metros cúbicos que se me habían asignado como taquilla. "Bueno, si coloco bien mis cosas, debería ser bastante...", pensé. En mi caso, las catacumbas de los duendes habían sido reemplazadas por una sala polvorienta de pasillos angostos e iluminación negligente en Wolfson College.

Varios minutos después, contemplaba el puzzle de maletas, cajas y paquetes que, cuidadosamente colocados, llenaban el espacio de la taquilla. Vaya, todo un año de vida en una habitación reducido a unas cuantas cajas. Mi habitación había quedado vacía horas antes, tras una muy larga noche en vela de empaquetar meticulosamente al principio, azoradamente al final, mis preciadas pertenencias. Un año acumulando ropa, papeles, libros, decoración y recuerdos, ¡y ahora mi habitación parecía tan vacía! Cerré la taquilla, salí de la sala y me alejé con la llave de la cámara CLL11 -mi cámara- en mi bolsillo.

Capítulo 2: El tren

Un viaje de ida a London Paddington desde Oxford vale £21.40. El viaje ida y vuelta vale £21.50. Por supuesto, pueden conseguirse biletes mucho más baratos comprando con antelación pero, claro está, para eso uno necesita saber que va a hacer el viaje con antelación. Y yo no lo sabía. El suave traqueteo del vagón me llevaba rumbo a una nueva empresa, una que me ponía bastante nervioso: buscar un piso donde vivir en Londres.

Hasta ahora, siempre había viajado a Londres en bus. Era mucho más económico, y además el viaje era más directo desde el aeropuerto. National Express te recoje en Stansted y en 3 horas y media (tiempo variable en función de la suerte que tengas) te deja en Gloucester Green (Oxford). Sin embargo, el tren tenía algo especial. Para empezar, en coche o autobús siempre me mareo si intento leer, pero en el tren podía hacerlo sin problemas (más tarde comprobaría con grata alegría que en el metro también). Para seguir, se tarda muchísimo menos, la gente parece más amistosa (por ridículo que suene al verlo por escrito), y la llegada... es completamente distinta. La parada de autobuses en Victoria parece expulsarle a uno al medio de la calle, perdido en una ciudad enorme que se lo quiere tragar. Sin embargo, la estación de Paddington parece recibirle a uno con los brazos abiertos. A pesar del tumulto de gente que baja o sube de los trenes a toda velocidad, la estación tiene una luz, un espacio, una vida, que hacía que me sintiese bienvenido.

Yo, de nuevo, no podía evitar, que las palabras "Andén 9 y 3/4" resonaran en mi cabeza al pisar por primera vez aquella estación. No sería la última, ni mucho menos. Durante los siguientes días seguí yendo y volviendo de Londres en busca de una morada, en lo que recuerdo como unos de los días vividos con más ansiedad de mi vida. Sin embargo, la estación de Paddington se acabó convirtiendo en un elemento familiar para mí, un lugar al que le tengo un cierto cariño. La tienda de Cornish Pasties donde compraba empanadillas para comer en el tren, las sillas junto a la pantalla de anuncios de trenes, la salida a la calle, la bajada al metro...

Dejé la estación a mi espalda y salí a la calle rumbo a Hyde Park. En mi mochila, números y direcciones de contacto de caseros, y algún mapa impreso con prisas en el departamento. La ilusión de buscar un nuevo lugar donde vivir. Pero eso... no resultaría tan fácil.

Capítulo 3: Una casa

Después del primer viaje en tren a Londres, hubo otro. Y luego otros más. La desesperación hacía presa en mi persona, conforme la fecha del final de mi estancia en Oxford se aproximaba y la de inicio en Londres estaba aún por determinar. Al borde del ataque de histeria, acudí a una de las citas para ver un piso. A las pocas horas, estaba pagando la reserva del alquiler, y a los dos días el contrato por 6 meses.

Llovía. Llovía mucho. No sé si me explico, llovía muchísimo. Bajo la lluvia, una figura cargaba con dos maletas, un edredón, una almohada, una mochila y un abrigo, y al mero abrigo de un sombrero, se cobijaba en la estación de overground de Shoreditch esperando a que la lluvia amainase. Giré la llave y la puerta cedió. Empujé las maletas al pasillo, y abrí la puerta de mi habitación. En ese momento, la habitación vacía me pareció un reto. Eran solo unas paredes desnudas y unos pocos muebles tristes, pero tenía el potencial de convertirse en un hogar.

Estaba frente a mi taquilla de nuevo, con la llave en la mano. Esta vez, retiraba parte de mis posesiones para llevarlas conmigo, empezando así la mudanza. Mi aventura en Oxford había terminado. Mi aventura en Londres acababa de comenzar. Y no podía pintar mejor.

Os mantendré al tanto de mis andanzas por la capital, queridos viajeros, ¡permanezcan a la escucha!

Un saludo,
Adán.