Segismundo unchained: 1. El sueño

Terminó muy rápido. Como siempre en estos casos, más rápido de lo que empezó. Habían sido muchos meses de ensayos, muchos trenes desde Paddington. Muchos viajes en metro recitando líneas por dentro, muchas horas de imaginar el momento. Y, cuando llegó, como siempre en estos casos, pasó en un suspiro. Miré el teatro vacío, pestañeé, y los focos ya se habían apagado.



Ser Segismundo durante unos días de mi vida acarreó muchas cosas. En primer lugar, una gran cantidad de tiempo y dedicación. Durante meses, llevé un ritmo insoportable de trabajar de lunes a viernes y viajar a Oxford los fines de semana para los ensayos. Las semanas anteriores al estreno, me mudé a efectos prácticos a Oxford, y estuve viviendo literalmente de forma exclusiva para la obra de teatro. Ensayar, construir decorado, ayudar con los trajes, ensayar más, preocuparme, preocuparme de nuevo, discutir en mi cabeza, volver a convencerme de que valía la pena.

También ha supuesto un reto muy importante, uno al que tenía muchas ganas de enfrentarme. En mis pasados papeles con The Oxford Spanish Play, tanto Laurencio en La Dama Boba como Sigerico en Un Marido de Ida y Vuelta, había puesto cara a personajes carismáticos, refinados, atractivos, caracterizados por una sonrisa encantadora. Laurencio era el arquetipo de galán diecisietesco, inteligente, un tanto oportunista, conquistador. Sigerico tenía la cabeza llena de pájaros, con sus ansias de ser artista que cambiaban cada día de la semana, pero lo remediaba con una inocencia llena de ternura. Ahora bien, Segismundo, y más este Segismundo, es todo lo opuesto a un galán. Es una fiera humana, una bestia enjaulada de por vida a la que la privación de libertad no ha sentado muy bien. Segismundo está un tanto desquiciado y no conoce refreno a sus pasiones e instintos salvajes. Segismundo fue, por tanto, todo un reto. Pero más al respecto en la segunda parte de esta serie de posts.


Un tercer elemento que ha supuesto la obra, y uno maravillosamente recibido por mí en este punto de mi vida, ha sido la interacción con el grupo de teatro. El “cast & crew” de la compañía es un buen ejemplo de la sociedad universitaria de Oxford. Diverso, internacional, activo, inteligente, inquieto, dispuesto. Muchas cosas que echo de menos en Londres las encontré en el grupo, a través de la convivencia diaria, del disfrute de los éxitos y de las lamentaciones y desesperaciones, de los nervios, de las bromas, del día a día. Adicionalmente, dada la naturaleza de nuestra empresa, en el grupo de teatro se da una dinámica un tanto especial: la intensidad de la convivencia crece de forma exponencial conforme se acerca el estreno, aguanta al máximo durante los días de representación, y después se relaja de forma abrupta. No es que las amistades y relaciones desaparezcan, pero una vez terminada la obra todo el mundo necesita un descanso, y obviamente el nivel de interacción disminuye muchísimo al no tener ya que actuar a diario. Este tipo de relación grupal origina un ambiente de familia, similar en cierta forma al que yo experimenté en los campamentos de MarCha, que resulta gratificantemente nutritivo. Las charlas a altas horas de la noche sobre escenas que no convencen, la preocupación por aprender –y no olvidar- el texto, la ilusión por salir en la tele, los nervios entre bambalinas justo antes de una función, las bromas en los camerinos, las pintas en el pub junto al teatro después de representar… Aunque agradezco el descanso, ya lo estoy echando de menos. Ya les estoy echando de menos.

Un cuarto elemento tiene que ver con lo esta aventura ha supuesto en relación a mis inclinaciones dramático-interpretativas (cuando tengan dos sinónimos y no sepan cuál escoger, usen los dos separados por un guión; queda super culto). Pero de eso también hablaremos más adelante.

Después de muchos meses, campañas de marketing con mi cara y/o cuerpo semidesnudo expuesto por Oxford, 6 representaciones, 1372 entradas vendidas, numerosas críticas* y aparecer en el telediario de TVE**, el sueño ha terminado. Y a pesar de todas las dudas, decisiones que me ha costado aceptar, cosas que habría hecho de forma diferente, quejas y lloriqueos, si me pregunto a día de hoy si ha merecido la pena, la respuesta es sí.


“-¿Es ya de despertar hora?
-Sí. Hora es ya de despertar.”

Un saludo,
Adán.


* Críticas en los medios:


"There is much passion from the main character Segismundo, who succeeds in bringing out the scarily animalistic side of himself terribly convincingly."
Samuel Graydon, Cherwell

"The acting is powerful, passionate and forceful, the whole experience reminding me very much of opera – where I can’t understand a word being said but am very much moved all the same."
Debby Taylor, Theatreworld Internet Magazine

"Antón Morant portrays a larger-than-life Segismundo, the hunched and bestial prince of Poland."
★★★★
Matthew Davies, Oxford Theatre Review

"The passions evoked by Ekaterina Spivakovsky Gonzalez’ spurned Rosaura, or Antón Morant’s tormented Segismundo are, for the most part, relayed convincingly and movingly, with Gonzalez also making child’s play of the occasional switches to far more flippant moods for her character, which might well have seemed rather incongruous in the hands of a lesser actor."
★★★★
Catherine Coffey, Oxford Theatre Review

"Antón Morant as Segismundo is a strong lead and he certainly looks the epitome of a Goya nobleman. He presents the transformation from savage into civilized prince with suitable applomb."
Julia Gasper, Oxford Prospect

“The action is set against an unforgiving backdrop of serrated edges and red lighting, an effective complement to the darkness and torment of Segismundo’s character, passionately conveyed by Antón Morant.”
Laura Stacey, Cherwell

"There is a beauty in the sound of words independent of their meaning. [...] The rolling cadences of the poetry proved spellbinding in this production by Oxford Spanish Play."
★★★★
Chris Gray, Oxford Times

"For me, Antón Morant particularly stood out as the tormented Segismundo, capturing his conflict between anger at his maltreatment and his desire to be a just ruler."
Ianthe Greenwood, Oriel College's TPP


** Aparición en el telediario de TVE, 29 de abril 2013, minuto 44:25:

Y en 2013, seremos un poco más viejos

Cuando era más joven, y me debatía en lucha con la tragedia diaria de ser un adolescente, llegué a la conclusión de que mi vida trazaba círculos. Bueno, o al menos un aspecto en particular de mi vida. Y eran ciclos muy marcados, siempre el mismo patrón, pasando por las mismas etapas de génesis y catarsis. Poco a poco, los círculos variaban, era como trazar una espiral tridimensional en la que en cada punto la dirección cambia mínimamente, desviándose de forma aleatoria del itinerario previo, pero siempre manteniendo la misma forma general.

Identifiqué que este proceso cíclico no me convenía. Siempre empezaba igual, lleno de ilusiones autoinfundadas, descubría el error, y terminaba volviendo al punto de origen. ¿Cómo romper el círculo? Bueno, es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente y un título en todología hiperbólica que para salir del ciclo basta con hacer algo tan simple como cambiar cualquier parámetro. Pero oh, la adaptabilidad cósmica al cambio. Mi patrón pervivía.


Ayer me di cuenta de que ya no sigo caminando en círculos. Ah, pero no me preguntéis... mucho me temo que no sé cómo salí. Imagino que aquí muchos lectores habrán caído presa del desencanto y duden de la utilidad de leer el resto del post si no voy a revelar la solución al problema propuesto. Queridos lectores, si yo supiera solucionar sus vidas, comenzaría por la mía. Y queridos lectores... el verdadero problema que trataré hoy, aún no ha sido propuesto.

Ayer me di cuenta de que ya no sigo un patrón cíclico. Ayer me di cuenta de que estoy parado. Atascado. Y ahora, según escribo estas líneas, me pregunto si la forma de salir del círculo no habrá sido, simplemente, dejar de andar. Y me pregunto si eso puede considerarse realmente como salir. ¿Aún estoy dentro, pero hibernando?

Ah... pero estoy saltando a la conclusión, sin haber si quiera explicado a qué me refiero cuando hablo de atasco. Y ahora es cuando, queridos lectores, comprenderán por qué he escrito un post por Año Nuevo, con un título que hace pensar que será un post de revisión del año. También me salté el post de cumpleaños (pido perdón a los afectados), de ahí la referencia a la edad.

¿Por qué temo que pueda estar atascado? Bueno, para eso hay que remontarse al principio del año. Yo había terminado el máster, y me había mudado a la ciudad de Londres donde llevaba un par de meses en mi primer trabajo. Estoy en un punto de mi vida en el que lo que hago suena genial, trabajo de lo mío, vivo en el extranjero, en fin, estoy donde se supone que debo estar. ¿En serio? Estoy en un punto de mi vida en el que estoy volcado en mi desarrollo profesional, digamos. Pero me da la impresión de que otros aspectos han quedado descuidados.

No soy la persona que quiero ser. Y apenas trabajo en serlo. Todas las promesas que me hice a mí mismo y que empezaban por "cuando termine de estudiar y de verdad sea libre...", no las he cumplido. Me prometí a mí mismo ser el dueño de mi vida. Y no lo soy.

Vivo en una ciudad muy grande. Vivo en una ciudad que en realidad me gusta. Pero es muy fría, muy oscura, y los inviernos son muy duros. Muy duros. Y echo de menos España, y echo de menos Oviedo. He encontrado buena gente allí. Pero no es lo mismo. Y no tengo la misma facilidad. Debería buscar el sol. Debería empezar todos los proyectos que se me ocurren, porque son geniales, o para descubrir que no lo eran.

Y sí, nos hacemos viejos. No me preocupa avanzar despacio, me pregunta no avanzar. Y si no avanzo, probablemente sea porque no tengo rumbo ni dirección. ¿Cómo llegar cuando no sé a dónde?

Quizá estoy siendo muy duro conmigo mismo. Quizá sea uno de esos días. Al fin y al cabo, el plan era mudarme a Londres para trabajar y aprender, y eso lo he hecho. También he encontrado tiempo para teatro, y sigo con ello de cara al año que viene porque ya estamos preparando la próxima obra. Incluso entrené karate durante un tiempo, aunque corto. Pero aún queda esa sensación de incompletud.


Y sí, llega el 2013. Y no sé si hacerme propuestas, porque eso últimamente ha demostrado ser bastante falible. No hace mucho, despedimos al soldado 24. Ahora que lo pienso, se me escapa media sonrisa. Este soldado lleva unas cuantas medallas, de eso no hay duda.

En fin, ¿por qué escribir un post como este? Quizá porque ayer he descubierto unas cuantas cosas. Quizá por una fan. Quizá porque merece la pena recordar lo que he hecho, y sentirme un poco más orgulloso. Quizá, queridos lectores, quizá simplemente porque Adán lleva demasiado tiempo dormido...

Un saludo y un feliz 2013,
Adán.

Dancing for the train

Si alguna vez, querido lector, se encuentra en la situación de vivir en una gran ciudad como Londres, como yo me encontraba el pasado miércoles 24 de Octubre, es posible que le suceda que el conmutar de casa al trabajo se convierte una parte importante de su rutina diaria. No importante por contribuir significativamente al resultado del día, pero sí en cuanto a la cantidad de tiempo invertida en viajar. Si alguna vez se encuentra, además, en la situación de tener una mente analítica, como me sucede a mí, es posible que a menudo se dedique a la consideración de su papel en esta rutina.

Metros, trenes, buses... convierten a las personas en entes sin rostro, todas iguales. Un sentido o el otro, suben o bajan... no importa. Los llaman medios de transporte colectivo. Es un nombre bonito. A mí me parece transporte en masa. Parece que colectivo suena mejor. Colectivo evoca una experiencia compartida, mientras que en masa despersonifica la mercancía humana que es transportada. Ganas una hora, pierdes una hora.


Pero el miércoles 24 de Octubre no. El miércoles 24 de octubre sucedió algo, hubo un cambio. Las leyes de la rutina se alteraron, probablemente enfureciendo a algún que otro agente místico del aburrimiento, si es que existen tales cosas como agentes místicos del aburrimiento. Existan o no, el caso es que sí, algo sucedió: un ente sin cara, de repente y contra todo pronóstico, tuvo rostro. Y, ¿quién fue el detonador de esta circunstancia?, se estará sin duda preguntando el lector, si se encuentra en la situación de tener una mente altamente responsiva a la curiosidad, como me encuentro yo y se encuentran la mayoría de las personas. Pues bien, si estan pensando que el causante del incidente fui yo, siento decir que no fue así. La gloria le corresponde a una niña de 12 años llamada Helene.

Llegados a este punto, me gustaría hacer una pausa y aclarar que en realidad no conozco la edad exacta de Helene, pero 12 me parece una estimación bastante apropiada. También me gustaría aclarar que no conozco el nombre exacto de Helene, y probablemente en este caso Helene no sea una estimación tan apropiada como lo serían Lucy o Claire. La primera razón para escoger Helene es que me pareció que Helene necesitaría un nombre. La segunda, es en honor a otra niña de 12 años que conocí en el pasado, que sí tenía exactamente 12 años y que sí se llamaba exactamente Helene, y que vino a mi memoria cuando traté de estimar la edad de la recién bautizada Helene. Dicho esto, volvamos al 24 de Octubre para proseguir con la historia.

Al principio, no supe bien lo que estaba pasando. Pensé que Helene simplemente estaba jugando, saltando de aquí para allá. Pensé que se miraba los pies porque estaría estrenando unos zapatos nuevos que le agradaban especialmente. A ratos, detenía el juego para sonreir a su madre, que devolvía la sonrisa. Pero, de pronto, pasaron dos cosas, tan seguidas que no puedo recordar en qué orden sucedieron, o si ocurrieron a la vez.

En primer lugar, sus movimientos me resultaron tremendamente familiares, y tuve un flash-back en mi cabeza en el que recordé la escena de Billy Elliot donde baila por primera vez delante de su padre, con los brazos muy rectos y la espalda bien derecha, levantando mucho las rodillas.

La segunda cosa que ocurrio, aunque insisto en que quizá fuese la primera, es que había algo extraño en la forma de moverse de Helene. Saltaba de aquí para allá, ahora a la izquierda, ahora al frente, y luego giraba y giraba... pero sus movimientos no eran completamente aleatorios. Y además, hacía pausas al cambiar, hacía pausas durante las cuales se notaba que trataba de hacer memoria. Hacía memoria para recordar... estaba tratando de recordar algo, ¡trataba de recordar un patrón! Sus movimientos, seguían un patrón, y de repente se hizo evidente que el juego era un baile, ¡estaba danzando!


Los pies de Helene se movían de aquí para allá, ganando seguridad y perdiendo vergüenza, bajo la atenta mirada de su madre. De pronto, sus manos se alzaron y empezaron a moverse también. No sabría identificar qué clase de baile estaba presenciando. Los golpes de talón y puntera en el suelo me hicieron pensar en claqué, y los gestos de las manos me recordaron a las jazz hands. El lector comprenderá que, durante un instante, me sentí apenado por no tener suficientes conocimientos de danza para reconocer lo que estaba viendo. Pero también comprenderá que un instante era todo el tiempo que podía estar apenado mientras tan inesperado espectáculo se desplegaba ante mí.

Así que Helene siguió bailando y bailando, parando cada poco para recordar el siguiente paso, buscando la mirada aprobadora de su madre, y también espiando las reacciones del público que, en aquella mañana del 24 de Octubre de Londres, contra todo pronóstico, había sido arrancado de su rutina durante la espera al tren.

Y entre ellos me encontraba yo, con un libro a medio cerrar olvidado entre las manos, y completamente incapaz de ocultar mi conmoción. Estaba completamente paralizado, con los ojos fijos en cada paso de Helene y media sonrisa pintada en mi cara. La sonrisa del que sabe que está siendo espectador de un suceso único, algo exquisitamente irrepetible.


Mientras me disponía en mi interior a guardar mi libro en un bolsillo para disponer de mis dos manos y componerlas en un ferviente aplauso, el tren llegó a la estación y Helene y su madre se subieron a él. Y así, el hechizo terminó.

Así que si alguna vez, querido lector, se diera el caso de que se encuentre en la situación que yo me encontré el miércoles 24 de octubre, mantenga los ojos bien abiertos y atesore cada instante. Londres es una ciudad inmensa, llena de entes sin rostro. No puede uno despistarse, porque podría estar perdiendo la oportunidad de ver bailar a Helene. Aquél día su ilusión por bailar me acompañó el resto de la mañana, y vuelve a despertarme media sonrisa de idiota cada vez que la recuerdo. Me gusta pensar que Helene sigue por ahí, bailando en otras estaciones mientras espera al tren, y despertando a otros entes sin rostro.

Un saludo,
Adán.


Leyenda de las fotografías:
  1. Loughborough Junction alrededor de los años 1950 (fuente).
  2. Fotograma de Billy Elliot
  3. Loughborough Junction en la actualidad.

Belleza

Buscamos la belleza. A cada momento, en cada detalle. Un impulso, un destello, algo que nos saque del ensimismamiento predominante en nuestros días. Un punto blanco sobre el negro omnipresente, un corte rojo que rasgue el gris que abraza la rutina, un rayo de sol entre las nubes.

Buscamos la belleza porque hace que nos sintamos en conexión con algo externo a nuestra propia persona. Buscamos algo que despierte nuestra sensibilidad, que nos haga pararnos en contemplación y por un momento no exista nada más.


"A veces hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto, y que mi corazón se está derrumbando"


Hay bellezas pequeñitas, que nos arrancan una sonrisa sin más. Podemos olvidar las prisas y pararnos un instante. Son bellezas discretas, modestas, que acostumbran a pasar desapercibidas. Se esconden entre el día a día, esperando que una mente despierta las vea. Una hoja que cae de un árbol. Un niño que tropieza. Grafiti en una pared. Buscar monedas en un mercadillo. Me dedico a collecionar las de este tipo, sabiendo que son la sal de mi día a día.

Hay bellezas enormes, gargantuescas, cosmológicas. Hay bellezas que te quitan el aliento, que te sacuden en la cara de frente y ya no sabes en qué estabas pensando. Hay bellezas que nos paran el corazón, y hace falta acordarse de hacerlo latir de nuevo. Una buena historia, una película delicada, una obra de teatro. Un país nuevo, un amanecer en la naturaleza, un bosque sacudido al viento. Hay bellezas atronadoras, que lo rompen todo a su paso, y hay bellezas silenciosas que se extienden sobre mí hasta abarcarlo todo, y exigen respetuoso silencio ante su majestuoso avance.


"¿Somos humanos porque miramos a las estrellas, o miramos a las estrellas porque somos humanos?"


Hay algo inherente en el ser humano que nos dirige hacia la belleza. Maslow establecía en su pirámide una serie de necesidades básicas que el hombre cubre de forma ordenada, para ascender a necesidades de índole más cercana a lo espiritual. Platón, en su fase estética, situaba la belleza como la idea suprema. Buscamos belleza porque somos humanos. La belleza de la gloria, la fama en el mundo, que puede perdurar tras nuestra marcha. La belleza del orden y la disciplina de lo racional. La belleza de la ciencia, de una explicación sencilla a una pregunta profunda. La belleza de las artes, que no son sino la búsqueda de la belleza.

La belleza sigue mil cánones, la belleza puede ser un millón de cosas distintas. Sin embargo, a pesar de las mil tribus que pueblan la Tierra, hay bellezas poderosas que siguen agarrando el corazón de todos.


"Make good art"


Yo no soy un artista. Nunca me consideré artista, pensé que no tenía talento. Mi nivel de dibujo a los 6 años se parece bastante al actual. Bueno, quizá haya perdido algo de práctica. Canto con mucho sentimiento y poco talento, tocar música es un misterio para mí, más allá de la base mecánica más básica. Así que hago dos cosas: escribo y actúo.

Y para mí ambas van profundamente ligadas, ya que cuando escribo estoy pensando en representar las palabras que pienso, y cuando actúo prefiero utilizar las palabras que escribo (o me limito a admirar a aquéllos, más sabios, que las escribieron por mí). Hay un tercer arte que practico, que es el arte marcial. El kárate. Y una de las razones más importantes por las que hago kárate, es porque es en verdad arte. Con él, expreso a través de mi cuerpo, represento, trabajo, siento.

Últimamente me descubro a mí mismo queriendo hacer arte. Es posible que porque, en la pirámide que Maslow utilizaba para explicar sus necesidades rumbo a la felicidad humana, ya doy por cubiertos muchos escalones. Y para mí, el camino a la realización pasa por la creación de arte. Ideo mil planes y proyectos, emprendiendo pocos o ninguno. Pero la urgencia está ahí. Me cuesta encontrar tiempo para hacer lo que quiero, porque paso demasiado pensando en hacerlo. Por ejemplo, Los Viajes de Adán, que cada vez visito cada más tiempo.


"Perfect. It was perfect"


Pero no nos engañemos, no me engaño. Sé que en mi vida la perfección incluye el arte. Y, ahora que soy informático y trabajo como tal, en un mundo de ideas ordenadas y lógica (mundo que me estimula y divierte), siento que la ingeniería no es sino un pasatiempo incapaz de llenarme de igual forma.

Así que haré lo posible por seguir buscando y coleccionando belleza, y haré lo imposible por encontrar los ratos que tenga para crearla (¿cómo luchar, si no, contra el gris invierno londinense?). Y si a lo largo de la empresa, alguna aventura es digna de contar, espero poder plasmar algo por aquí. Pensad, sin embargo, que todo lo que escribo lo pienso hablado. Así que leedlo, si podéis, con mi voz. Y si no la conocéis, inventadla... no podríais hacerme un homenaje mayor.

Pusieron mi felicidad en mis manos. No podrían habérsela dado a un guardián menos de fiar.


Un saludo, viajeros!
Adán.


Bibliografía: